7.9.06

Cimitarra

Cuando el gran Gichi-Kuktai era mikado, condenó a la decapitación a Jijiji Ri, alto funcionario de la Corte. Poco después del momento señalado para la ceremonia, ¡cuál no sería la sorpresa de Su Majestad al ver que el hombre que debió morir diez minutos antes, se acercaba tranquilamente al trono!

-¡Mil setecientos dragones! –exclamó el enfurecido monarca-. ¿No te condené a presentarte en la plaza del mercado para que el verdugo público te cortara la cabeza a las tres? ¿Y no son ahora las tres y diez?

-Hijo de mil ilustres deidades –respondió el ministro condenado-, todo lo que dices es tan cierto, que en comparación la verdad es mentira. Pero los soleados y vivificantes deseos de Vuestra Majestad han sido pestilentemente descuidados. Con alegría corrí y coloqué mi cuerpo indigno en la plaza del mercado. Apareció el verdugo con su desnuda cimitarra, ostentosamente la floreó en el aire y luego, dándome un suave toquecito en el cuello, se marchó, apedreado por la plebe, de quien siempre he sido un favorito. Vengo a reclamar que caiga la justicia sobre su deshonorable y traicionera cabeza.

-¿A qué regimiento de verdugos pertenece ese miserable de negras entrañas?

-Al gallardo nueve mil ochocientos treinta y siete. Le conozco. Se llama Sakko-Samshi.

-Que le traigan ante mí –dijo el mikado a un ayudante, y media hora después el culpable estaba en su presencia.

-¡Oh, bastardo, hijo de un jorobado de tres patas sin pulgares! –rugió el soberano-. ¿Por qué has dado un suave toquecito al cuello que debiste tener el placer de cercenar?

-Señor de las Cigüeñas y de los Cerezos –respondió, inmutable el verdugo-, ordénale que se suene las narices con los dedos.

Lo ordenó el rey, Jijiji Ri se sujetó la nariz y resopló como un elefante. Todos esperaban ver cómo la cabeza cercenada saltaba con violencia, pero nada ocurrió. La ceremonia prosperó pacíficamente hasta su fin.

Todos los ojos se volvieron entonces al verdugo, quien se había puesto tan blanco como las nieves que coronan el Fujiyama. Le temblaron las piernas y respiraba con un jadeo de terror.

-¡Por mil leones de colas de bronce! –gritó-. ¡Soy un espadachín arruinado y deshonrado! ¡Golpee sin fuerza al villano, porque al florear la cimitarra le hice atravesar por accidente mi propio cuello! Padre de la Luna, renuncio a mi cargo.

Dicho esto, aferró su coleta, levantó su cabeza y avanzando hacia el trono la depositó humildemente a los pies del mikado.
Ambrose Bierce, El diccionario del diablo