29.9.06

tirando el despertador

mi padre siempre decía, “acostarse temprano y
levantarse temprano hacen a un hombre saludable, rico
y sabio”.

las luces se apagaban a las 8 p.m. en nuestra casa
y nos levantábamos en la madrugada al olor del
café, tocino frito y huevos
revueltos.

mi padre siguió esta rutina general
toda su vida y murió joven, quebrado,
y, yo pienso, no muy
sabio.

tomando nota, rechacé su consejo y
se volvió, para mí, acostarme tarde y
levantarme tarde.

ahora, no estoy diciendo que he conquistado
el mundo pero he evitado
un sinfín de tempranos embotellamientos, eludido algunos
atascaderos comunes
y conocido alguna gente extraña,
maravillosa

uno de los cuales
fui
yo mismo – alguien que mi padre
nunca
conoció.
Charles Bukowski, The flash of lightning behind the mountain

*traducción libre

21.9.06

Aceptación

Eso que ella ya no se sentía con ánimo de hacer, prolongar cualquier cosa bella, sentirse vivir de veras en esa dilación deliciosa que alguna vez la había sostenido en el temblor del tiempo. «Curioso que vivir pueda volverse una pura aceptación», pensó mirando al perro que jadeaba en el suelo, «incluso esta aceptación de no aceptar nada, de irme casi antes de llegar, de matar todo lo que todavía no es capaz de matarme». Dejaba el cigarrillo entre los labios, sabiendo que terminaría por quemárselos y que tendría que arrancarlo y aplastarlo como lo había hecho con esos años en que había perdido todas las razones para llenar el presente con algo más que cigarrillos, la chequera cómoda y el auto servicial. «Perdido», repitió, «tan bonito tema de Duke Ellington y ni siquiera me lo acuerdo, dos veces perdido, muchacha, y también perdida la muchacha, a los cuarenta ya es solamente una manera de llorar dentro de una palabra».
Julio Cortázar, Fin de etapa

7.9.06

Cimitarra

Cuando el gran Gichi-Kuktai era mikado, condenó a la decapitación a Jijiji Ri, alto funcionario de la Corte. Poco después del momento señalado para la ceremonia, ¡cuál no sería la sorpresa de Su Majestad al ver que el hombre que debió morir diez minutos antes, se acercaba tranquilamente al trono!

-¡Mil setecientos dragones! –exclamó el enfurecido monarca-. ¿No te condené a presentarte en la plaza del mercado para que el verdugo público te cortara la cabeza a las tres? ¿Y no son ahora las tres y diez?

-Hijo de mil ilustres deidades –respondió el ministro condenado-, todo lo que dices es tan cierto, que en comparación la verdad es mentira. Pero los soleados y vivificantes deseos de Vuestra Majestad han sido pestilentemente descuidados. Con alegría corrí y coloqué mi cuerpo indigno en la plaza del mercado. Apareció el verdugo con su desnuda cimitarra, ostentosamente la floreó en el aire y luego, dándome un suave toquecito en el cuello, se marchó, apedreado por la plebe, de quien siempre he sido un favorito. Vengo a reclamar que caiga la justicia sobre su deshonorable y traicionera cabeza.

-¿A qué regimiento de verdugos pertenece ese miserable de negras entrañas?

-Al gallardo nueve mil ochocientos treinta y siete. Le conozco. Se llama Sakko-Samshi.

-Que le traigan ante mí –dijo el mikado a un ayudante, y media hora después el culpable estaba en su presencia.

-¡Oh, bastardo, hijo de un jorobado de tres patas sin pulgares! –rugió el soberano-. ¿Por qué has dado un suave toquecito al cuello que debiste tener el placer de cercenar?

-Señor de las Cigüeñas y de los Cerezos –respondió, inmutable el verdugo-, ordénale que se suene las narices con los dedos.

Lo ordenó el rey, Jijiji Ri se sujetó la nariz y resopló como un elefante. Todos esperaban ver cómo la cabeza cercenada saltaba con violencia, pero nada ocurrió. La ceremonia prosperó pacíficamente hasta su fin.

Todos los ojos se volvieron entonces al verdugo, quien se había puesto tan blanco como las nieves que coronan el Fujiyama. Le temblaron las piernas y respiraba con un jadeo de terror.

-¡Por mil leones de colas de bronce! –gritó-. ¡Soy un espadachín arruinado y deshonrado! ¡Golpee sin fuerza al villano, porque al florear la cimitarra le hice atravesar por accidente mi propio cuello! Padre de la Luna, renuncio a mi cargo.

Dicho esto, aferró su coleta, levantó su cabeza y avanzando hacia el trono la depositó humildemente a los pies del mikado.
Ambrose Bierce, El diccionario del diablo