31.7.06

Cuento para la hora de acostarse

Una noche, cuando [Takeshi] estaba tumbado en la cama viendo un episodio de La mujer biónica, la Ninja Jefa entró, bajó el volumen y se dispuso a contarle otro tipo de cuento para la hora de acostarse.

-¡Eh! La biónica estaba a punto de...

-Jaime Sommers comprenderá. Esto es importante, así que escucha. Ocurre en el Jardín del Edén. Entonces, hace mucho, no había hombres. El paraíso era femenino. Eva y su hermana, Lilith, estaban solas en el Jardín. Después colaron en la historia a un tipo llamado Adán, para que los hombres parecieran más legítimos, pero de hecho el primer hombre no fue Adán... fue la Serpiente.

-Me gusta esta historia -dijo Takeshi, acurrucándose sobre la almohada.

-Fue el hombre, sórdido y escurridizo -prosiguió Rochelle-, quien inventó el «bien» y el «mal», cuando hasta entonces las mujeres se habían conformado simplemente con ser. Entre otros timos, los hombres nos convencieron de que éramos administradoras naturales de ese asunto de la «moral» que acababan de inventar. Nos metieron a la fuerza en el desastre que habían hecho de la creación, toda subdividida y etiquetada, nos dieron las llaves de la iglesia y ellos se fueron a los salones de baile y los puticlubes.
Thomas Pynchon, Vineland

17.7.06

El placer

El placer sexual no sólo era superior, en refinamiento y en violencia, a todos los demás placeres que la vida podía deparar; no sólo era el único placer que no va acompañado de ningún daño para el organismo, sino que, por el contrario, contribuye a mantener su máximo nivel de fuerza y de vitalidad; en realidad era el único placer, el único objetivo de la existencia humana, y todos los demás placeres ya estuvieran asociados a la buena comida, al tabaco, al alcohol o a las drogas no eran sino compensaciones irrisorias y desesperadas, minisuicidios que no tenían el valor de presentarse con su nombre, intentos de destruir más deprisa un cuerpo que ya no tenía a su alcance el placer único.
Michel Houellebecq, La posibilidad de una isla

3.7.06

Trabajo

No, no me gusta el trabajo. Me gusta más haraganear y pensar en todas las cosas agradables que pueden hacerse. No me gusta el trabajo; a ningún hombre le gusta; pero sí me gusta lo que hay en el trabajo: la oportunidad de encontrarse a uno mismo. La propia realidad para uno mismo, no para los demás, que ningún otro hombre podrá jamás conocer. Los demás sólo pueden ver la mera apariencia, y nunca pueden asegurar qué significa realmente.
Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas