30.3.06

Renuncia

Basta mirar un momento con los ojos de todos los días el comportamiento de un gato o de una mosca para sentir que esa nueva visión a que tiende la ciencia, esa des-antropomorfización que proponen urgentemente los biólogos y los físicos como única posibilidad de enlace con hechos tales como el instinto o la vida vegetal, no es otra cosa que la remota, aislada, insistente voz con que ciertas líneas del budismo, del vedanta, del sufismo, de la mística occidental, nos instan a renunciar de una vez por todas a la mortalidad.
Julio Cortázar, Rayuela

27.3.06

Invenciones

La creación parece venir de la imperfección; parece venir de una lucha y de una frustración, y es de aquí de donde creo que viene el lenguaje: viene de nuestro deseo de trascender nuestro aislamiento y de tener alguna especie de conexión con los demás. Y tuvo que ser fácil cuando era simplemente para sobrevivir, como por ejemplo “agua”, simplemente se sacó un sonido para eso; o “tigre dientes de sable detrás de ti", sacamos un sonido para eso. Pero me parece que cuando se volvió realmente interesante fue cuando se usó ese mismo sistema de símbolos para comunicar todas las cosas abstractas e intangibles que experimentamos. ¿Qué es la frustración?, o ¿qué es la ira?, o ¿qué es el amor?. Cuando digo “amor”, el sonido sale de mi boca y golpea el oído de la otra persona, viaja a través del conducto Bizantino de su cerebro, a través de sus recuerdos de amor, o de falta de amor, y registra lo que estoy diciendo, y dice “sí, lo entiendo”, pero ¿cómo se yo que me entiende?.

Las palabras son inertes, son tan sólo símbolos, y están muertas. Y muchas de nuestras experiencias son intangibles; muchas cosas que percibimos no pueden ser expresadas, no hay palabras para ellas. Aún así, cuando nos comunicamos entre nosotros, y sentimos que hay una conexión, y pensamos que somos entendidos, me parece que sentimos una comunión casi espiritual; y ese sentimiento puede ser transitorio, pero creo que es para lo que vivimos.
Richard Linklater, Waking life

22.3.06

The unending gift

Un pintor nos prometió un cuadro. Ahora, en New England, se que ha muerto. Sentí, como otras veces, la tristeza y la sorpresa de comprender que somos como un sueño. Pensé en el hombre y en el cuadro perdidos.

(Solo los dioses pueden prometer, porque son inmortales)

Pensé en un lugar prefijado que la tela no ocupará. Pensé después: si estuviera ahí, con el tiempo sería esa cosa más, una cosa, una de las vanidades o hábitos de mi casa; ahora es ilimitada, incesante, capaz de cualquier forma y cualquier color y no atada a ninguno. Existe de algún modo. Vivirá y crecerá como una música, y estará conmigo hasta el fin. Gracias, Jorge Larco.

(También los hombres pueden prometer, porque en la promesa hay algo inmortal)
Jorge Luis Borges

16.3.06

Los enanos

La cosa es así: dentro de cada cajero automático hay un enano que cuenta la plata, recibe depósitos y escribe los comprobantes. Cuando algún enano se queda sin plata, corre por las alcantarillas hasta el cajero más cercano, y le pide plata a su colega. Todos sabemos que los enanos son mal genio, así que a veces pelean y no se prestan plata. Es entonces cuando quedan fuera de servicio. Para pasar la rabia, el enano en cuestión prende un cigarrillo, busca un teléfono público y conversa con el gnomo que da el vuelto.
Miguel Ángel Labarca, Santiago en 100 palabras

14.3.06

Caducidad

Era realmente indignante la manera como la vida se mofaba de uno, era cosa para reír y llorar. O bien se vivía dando rienda suelta a los sentidos, hartándose en los pechos de la Madre Eva, y en tal caso, se conocían intensos placeres pero no se estaba protegido contra la caducidad: uno era entonces como un hongo del bosque, que hoy luce bellos colores y mañana está podrido; o bien uno se defendía y se encerraba en un taller y trataba de levantar un monumento a la vida huidiza, y entonces había que renunciar a la vida y uno era un mero instrumento, y aunque estaba al servicio de lo perduradero, se resecaba y perdía la libertad, la plenitud y el gozo de la vida.

¡Ah, y, sin embargo, la vida sólo tenía un sentido si cabía alcanzar ambas cosas a la vez, si no se veía escindida por esa tajante oposición! ¡Crear sin tener que pagar por ello el precio de vivir! ¡Vivir sin tener que renunciar a la nobleza del crear! ¿Por ventura no era posible?

¿Quizá había hombres a los que era dado realizar tal cosa? ¿Quizá había maridos y padres de familia en quienes la fidelidad no hacía perder el placer de los sentidos? ¿Quizá había sedentarios a los que la ausencia de libertad y peligros no resecaba el corazón? Quizá. Pero aún no había visto a ninguno.
Hermann Hesse, Narciso y Goldmundo

9.3.06

La inmiscusión terrupta

Como no le melga nada que la contradigan, la señora Fifa se acerca a la Tota y ahí nomás le flamenca la cara de un rotundo mofo. Pero la Tota no es inane y de vuelta le arremulga tal acario en pleno tripolio que se lo ladea hasta el copo.

-¡Asquerosa! –brama la señora Fifa, tratando de sonsonarse el ayelmado tripolio que ademenos es de satén rosa. Revoleando una mazoca más bien prolapsa, contracarga a la crimea y consigue marivolarle un suño a la Tota que se desporrona en diagonía y por un momento horadra el raire con sus abroncojantes bocinomias. Por segunda vez se le arrumba un mofo sin merma a flamencarle las mecochas, pero nadie le ha desmunido el encuadre a la Tota sin tener que alanchufarse su contragofia, y así pasa que la señora Fifa contrae una plica de miercolamas a media resma y cuatro peticuras de ésas que no te dan tiempo al vocifugio, y en eso están arremulgándose de ida y de vuelta cuando se ve precivenir al doctor Feta que se inmoluye inclótumo entre las gladiofantas.

-¡Payahás, payahás! –crona el elegantiorum, sujetirando de las desmecrenzas empebufantes. No ha terminado de halar cuando ya le están manocrujiendo el fano, las colotas, el rijo enjuto y las nalcunias, mofo que arriba y suño al medio y dos miercolanas que para qué.

-¿Te das cuenta? –sinterruge la señora Fifa.

-¡El muy cornaputo! –vociflama la Tota.

Y ahí nomás se recompalmean y fraternulian como si no se hubieran estado polichantando más de cuatro cafotos en plena tetamancia; son así las tofifas y las fitotas, mejor es no terruptarlas porque te desmunen el persiglotio y se quedan tan plopas.
Julio Cortázar, Último round

6.3.06

Esencia

Toda vida es inexplicable. Por muchos hechos que se cuenten, por muchos datos que se muestren, lo esencial se resiste a ser contado. Decir que fulanito nació aquí y fue allá, que hizo esto y aquello, que se casó con esta mujer y tuvo estos hijos, que vivió, que murió, que dejó tras de sí estos libros o esta batalla o este puente, nada de eso nos dice mucho. Todos queremos que nos cuenten historias, y las escuchamos del mismo modo que las escuchábamos de niños. Nos imaginamos la verdadera historia dentro de las palabras y para hacer eso sustituimos a la persona del relato, fingiendo que podemos entenderle porque nos entendemos a nosotros mismos. Esto es una superchería. Existimos para nosotros mismos, quizá, y a veces incluso vislumbramos quiénes somos, pero al final nunca podemos estar seguros, y mientras nuestras vidas continúan, nos volvemos cada vez más opacos para nosotros mismos, más y más concientes de nuestra propia incoherencia. Nadie puede cruzar la linde que le separa de otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a sí mismo.
Paul Auster, La habitación cerrada

1.3.06

Empezar

-Léeme la veintidós, Gould.

-Pero es que tendrías que empezar por la primera.

-¿Y eso quién lo dice?

-Tiene el número uno, se empieza siempre por el número uno.

-¿Gould?

-Sí.

-Mírame bien a los ojos.

-Sí.

-¿Tú crees de verdad que cuando las cosas tienen un número, y una de ellas, en particular, tiene el número uno, lo que tenemos que hacer, lo que tú tienes que hacer, y yo, y todo el mundo, es empezar precisamente por ella, por la única razón de que ésa es la cosa número uno?

-No.

-Fantástico.

-¿Cuál querías?

-La veintidós.
Alessandro Baricco, City