23.2.06

El Conejo y el León

Un célebre Psicoanalista se encontró cierto día en medio de la Selva, semiperdido.

Con la fuerza que dan el instinto y el afán de investigación logró fácilmente subirse a un altísimo árbol, desde el cual pudo observar a su antojo no sólo la lenta puesta del sol sino además la vida y costumbres de algunos animales, que comparó una y otra vez con las de los humanos.

Al caer la tarde vio aparecer, por un lado, al Conejo; por otro, al León.

En un principio no sucedió nada digno de mencionarse, pero poco después ambos animales sintieron sus respectivas presencias y, cuando toparon el uno con el otro, cada cual reaccionó como lo había venido haciendo desde que el hombre era hombre.

El León estremeció la Selva con sus rugidos, sacudió la melena majestuosamente como era su costumbre y hendió el aire con sus garras enormes; por su parte, el Conejo respiró con mayor celeridad, vio un instante a los ojos del León, dio media vuelta y se alejó corriendo.

De regreso a la ciudad el célebre Psicoanalista publicó cum laude su famoso tratado en que demuestra que el León es el animal más infantil y cobarde de la Selva, y el Conejo el más valiente y maduro: el León ruge y hace gestos y amenaza al Universo movido por el miedo; el Conejo advierte esto, conoce su propia fuerza y se retira antes de perder la paciencia y acabar con aquel ser extravagante y fuera de sí, al que comprende y después de todo no le ha hecho nada.
Augusto Monterroso, La oveja negra

20.2.06

Resurrección

Lo que me fascina es que algo tan muerto y enterrado como yo lo estaba pudiera resucitar y no sólo una, sino innumerables veces. Y no sólo eso, sino que, además, cada vez que me desvanecía, me sumergía más hondo en el vacío, de modo que a cada renacimiento el milagro se vuelve mayor. ¡Y nunca estigma alguno! El hombre que renace es siempre el mismo, cada vez más él mismo con cada renacimiento. Lo único que hace cada vez es cambiar de piel y, con ella, de pecados. El hombre al que Dios ama es en verdad un hombre que vive con rectitud. El hombre al que Dios ama es la cebolla con un millón de capas de piel. Cambiar la primera es doloroso hasta grado indecible, la siguiente capa es menos dolorosa, la siguiente menos todavía, hasta que al final se vuelve agradable, cada vez más agradable, una delicia, un éxtasis. Y después no hay placer ni dolor, sino sólo obscuridad, que cede ante la luz. Y, al desaparecer la obscuridad, la herida sale de su escondite: la herida que es el hombre, el amor del hombre, queda bañada en la luz. Se recupera la identidad perdida. El hombre da un paso y sale de su herida abierta, de la tumba que había llevado consigo tanto tiempo.
Henry Miller, Trópico de Capricornio