30.6.05

nadsats

La juventud tiene que pasar, ah, sí. Pero en cierto modo ser joven es como ser un animal. No, no es tanto ser un animal sino uno de esos muñecos malencos que venden en las calles, pequeños chelovecos de hojalata con un resorte dentro y una llave para darles cuerda fuera, y les das cuerda grrr grrr grrr y ellos itean como si caminaran, oh hermanos míos. Pero itean en línea recta y tropiezan contra las cosas bang bang y no pueden evitar hacer lo que hacen. Ser joven es ser como una de esas malencas máquinas.

Mi hijo, mi hijo. Cuando tuviera un hijo se lo explicaría todo en cuanto fuese lo suficiente starrio para comprender. Pero sabía que no lo comprendería o no querría comprenderlo, y haría todas las vesches que yo había hecho, sí, quizá incluso mataría a alguna pobre starria forella entre cotos y coschcas maullantes, y yo no podría detenerlo. Ni tampoco él podría detener a su hijo, hermanos. Y así itearía todo hasta el fin del mundo, una vez y otra vez y otra vez, como si un bolche gigante cheloveco, o el mismísimo viejo Bogo (por cortesía del bar lácteo Korova) hiciera girar y girar y girar una vonosa y grasña naranja entre las rucas gigantescas.
Anthony Burgess, A clockwork orange

27.6.05

inmortalidad

Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal. He notado que, pese a las religiones, esa convicción es rarísima. Israelitas, musulmanes y cristianos profesan la inmortalidad, pero la veneración que tributan al primer siglo prueba que sólo creen en él, ya que destinan todos los demás, en número infinito, a premiarlo o a castigarlo. Más razonable me parece la rueda de ciertas religiones del Indostán; en esta rueda, que no tiene principio ni fin, cada vida es efecto de la anterior y engendra la siguiente, pero ninguna determina el conjunto.

En un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. Por sus pasadas o futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir. El pensamiento más fugaz obedece a un dibujo invisible y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta. Todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales.

La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Estos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales.
Jorge Luis Borges, Los inmortales

23.6.05

escritorio

Mi escritorio en la casa del Azoguejo y su parvedad vinieron a demostrarme que, para escribir, hace falta bien poca cosa. Los escritores suelen ser más bien necios y pedantes y aseguran (salvo excepciones) que para esto de escribir se precisa un ambiente determinado y propicio: para algunos, tumultuario y anestésico (Bernanos, por ejemplo, que escribía en los cafés); para otros, recoleto y tupido de precauciones (Juan Ramón Jiménez, pongamos por caso, y otras flores de histeria). Este presuntuoso supuesto dista mucho de ser verdad: para escribir libros, lo único que se necesita es tener algo que decir y un fajo de cuartillas y una pluma con que decirlo; todo lo demás sobra y no son más que ganas de echarle teatro al oficio. Con un fajo de cuartillas y una pluma se puede escribir El Quijote y, por detrás, La Divina Comedia. Lo que hay que hacer es ponerse a ello y esperar a ver lo que sale, si sale. El Quijote y La Divina Comedia, desde luego, salen pocas veces.
Camilo José Cela

20.6.05

reportaje

Vea, amigo, dejémonos de tonterías y de una vez por todas digamos la verdad. Pero, eso sí: toda la verdad. Quiero decir, hablemos de catedrales y prostíbulos, de esperanzas y campos de concentración. Yo, por lo menos, no estoy para bromas porque me voy a morir. El que sea inmortal que se permita el lujo de seguir diciendo pavadas. Yo no: tengo los días contados (pero qué hombre, amigo periodista, no tiene los días contados, dígame: con la mano sobre el corazón) y quiero hacer un balance para ver qué queda de todo eso (mandrágoras o escribanos) y si es cierto que los dioses son más valederos que los gusanos que pronto han de engordar con mis despojos. Yo no sé, no sé nada (para qué lo voy a engañar), no soy tan arrogante ni tan tonto como para proclamar la superioridad de los gusanos (quede eso para ateos de barrio). Le confieso que el argumento me impresiona, pues el cajón, el coche fúnebre y esos grotescos implementos de la muerte son visibles testimonios de nuestra precariedad. Pero quién sabe, quién sabe, señor periodista. Pudiera ser que los dioses no condescendieran a rebajarse tanto, no accedieran a la baja demagogia de hacerse groseramente comprensibles, y nos esperaran con siniestros espectáculos, luego que el último discurso fuese pronunciado y nuestro solitario cuerpo, para siempre abandonado a sí mismo (pero, anote, abandonado de verdad, no con esos imperfectos, anhelosos y en definitiva inútiles abandonos que la vida nos proporciona) aguarde el ataque innumerable de los gusanos. Hablemos, pues, sin miedo, pero también sin pretensiones, sencillamente, con cierto sentido del humor que disimule el lógico patetismo del asunto. Hablemos de todo un poco. Quiero decir: de esos problemáticos dioses, de los evidentes gusanos, de los cambiantes rostros de los hombres. No sé gran cosa de estos curiosos problemas, pero lo que sé lo sé de verdad, pues son experiencias mías y no historias leídas en los libros, y puedo hablar del amor o del miedo como un santo de su éxtasis o un mago de teatro (en una reunión casera, entre gente de confianza) de sus trucos. No esperen otra cosa, no me critiquen luego, no sean perversos, caramba. Ni mezquinos. Les advierto: sean más modestos, pues también ustedes están destinados (tralalá, tralalá, tralalá) a alimentar a los gusanos antes mencionados. De modo que, con excepción de los locos y de los invisibles dioses (tal vez inexistentes) todos los demás harán bien en escucharme si no con respeto por lo menos con condescendencia.
Ernesto Sabato, Abaddón el exterminador

16.6.05

hábitos

El hombre metódico quiso ensayar un cambio. Programó su reloj y salió de casa cinco minutos antes de lo habitual. Caminó, como de costumbre, hasta el puente y notó que el río ya no estaba en su lugar. Había desaparecido. Se preguntó si en casa las cosas aún estarían en su sitio y desandó, pues, el camino. Aquella mañana el hombre metódico lamentó, íntimamente, su arrebato.
Marcela Parada, Santiago en 100 palabras

13.6.05

a.l.m.a.

La invención del alma por el hombre se insinúa cada vez que surge el sentimiento del cuerpo como parásito, como gusano adherido al yo. Basta sentirse vivir (y no solamente vivir como aceptación, como cosa-que-está-bien-que-ocurra) para que aún lo más próximo y querido del cuerpo, por ejemplo la mano derecha, sea un objeto que participa repugnantemente de la doble condición de no ser yo y de estarme adherido.

Trago la sopa. Después, en medio de una lectura, pienso: “la sopa está en mí, la tengo en esa bolsa que no veré jamás, mi estómago”. Palpo con dos dedos y siento el bulto, el removerse de la comida ahí dentro. Y yo soy eso, un saco con comida adentro.

Entonces nace el alma: “No, yo no soy eso”.

Ahora que (seamos honestos por una vez) sí, yo soy eso. Con una escapatoria muy bonita para uso de delicados: “yo soy también eso”. O un escaloncito más: “yo soy en eso”.

Leo The waves, esa puntilla cineraria, fábula de espumas. A treinta centímetros por debajo de mis ojos, una sopa se mueve lentamente en mi bolsa estomacal, un pelo crece en mi muslo, un quiste sebáceo crece imperceptible en mi espalda.

Al final de lo que Balzac hubiese llamado una orgía, cierto individuo nada metafísico me dijo, creyendo hacer un chiste, que defecar le causaba una impresión de irrealidad. Me acuerdo de sus palabras: “te levantás, te das vuelta y mirás, y entonces decís: ¿pero esto lo hice yo?

(Como el verso de Lorca: “Sin remedio, hijo mío, ¡vomita! No hay remedio”. Y creo que también Swift, loco: “Pero, Celia, Celia, Celia defeca”).

Sobre el dolor físico como aguijón metafísico abunda la escritura. A mí todo dolor me ataca con arma doble: hace sentir como nunca el divorcio entre mi yo y mi cuerpo (y su falsedad, su invención consoladora) y a la vez me acerca mi cuerpo, me lo pone como dolor. Lo siento más mío que el placer o la mera cenestesia. Es realmente un lazo. Si supiera dibujar mostraría alegóricamente el dolor ahuyentando al alma del cuerpo, pero a la vez daría la impresión de que todo es falso: meros modos de un complejo cuya unidad está en no tenerla.
Rayuela, LXXXIII

9.6.05

su amor no era sencillo

Los detuvieron por atentado al pudor. Y nadie les creyó cuando el hombre y la mujer trataron de explicarse. En realidad, su amor no era sencillo. Él padecía claustrofobia, y ella, agorafobia. Era sólo por eso que fornicaban en los umbrales.
Mario Benedetti, Despistes y franquezas

6.6.05

los demás

Como hasta la más laica de entre las ciencias humanas nos enseñan, son los demás, es su mirada, lo que nos define y nos conforma. Nosotros (de la misma forma que no somos capaces de vivir sin comer ni dormir) no somos capaces de comprender quién somos sin la mirada y la respuesta de los demás. Hasta quien mata, estupra, roba o tiraniza lo hace en momentos excepcionales, porque durante el resto de su vida mendiga de sus semejantes aprobación, amor, respeto, elogio. E incluso de quienes humilla pretende el reconocimiento del miedo y de la sumisión. A falta de tal reconocimiento, el recién nacido abandonado en la jungla no se humaniza (o bien, como Tarzán, busca a cualquier precio a los demás en el rostro de un mono), y corre el riesgo de morir o enloquecer quien viviera en una comunidad en la que todos hubieran decidido sistemáticamente no mirarle nunca y comportarse como si no existiera.

¿Cómo es que entonces hay o ha habido culturas que aprueban las masacres, el canibalismo, la humillación de los cuerpos ajenos? Sencillamente porque en ellas se restringe el concepto de “los demás” a la comunidad tribal (o a la etnia) y se considera a los “bárbaros” como seres inhumanos. Ni siquiera los cruzados sentían a los infieles como un prójimo al que amar excesivamente; y es que el reconocimiento del papel de los demás, la necesidad de respetar en ellos esas exigencias que consideramos irrenunciables para nosotros, es el producto de un crecimiento milenario. Incluso el mandamiento cristiano del amor será enunciado, y fatigosamente aceptado, sólo cuando los tiempos estén lo suficientemente maduros.
Umberto Eco, In cosa crede chi non crede?

2.6.05

del asesinato...

Cuando un asesinato está en el tiempo paulo-post-futurum –esto es, cuando no se ha cometido, ni siquiera, de acuerdo con el purismo moderno, se está cometiendo, sino que va a cometerse- y llega a nuestros oídos, hemos de tratarlo moralmente por todos los medios. Supongamos en cambio que ya se ha cometido y que podemos decir de él: está terminado o, hecho está, es un fait accompli; supongamos, a continuación, que la pobre víctima ha dejado de sufrir, y que el miserable que le ha dado muerte se ha esfumado y que nadie conoce su paradero; supongamos, finalmente, que hemos hecho cuanto estaba a nuestro alcance al estirar las piernas y correr tras el fugitivo, aunque sin éxito –abiit, evasit, excessit, erupit, etc.-; llegados a este punto, ¿de qué sirve la virtud? Bastante atención le hemos dedicado ya a la moral; le ha llegado el turno al gusto y a las bellas artes. No hay duda de que el caso es triste, tristísimo, pero nosotros no podemos enmendarlo. Así que saquemos el mejor partido de un asunto ingrato, y, como resulta imposible enderezarlo con fines morales, considerémoslo desde el punto de vista estético y veamos si con ello conseguimos algo. Tal es la lógica del hombre sensato. Sequemos nuestras lágrimas y quizá tengamos la satisfacción de descubrir que una transacción deplorable e indefendible desde el punto de vista moral resulta una obra muy meritoria cuando se la somete a los principios del gusto. Ahora todos contentos; se confirma el refrán de que no hay mal que por bien no venga; el aficionado empieza a levantar cabeza cuando ya se le veía bilioso y malhumorado por una excesiva atención a la virtud, y la alegría se adueña de todos. La virtud ha tenido su momento; y en adelante, la virtù, tan parecida que difiere en una sola letra, la virtù, repito, y el entendimiento ya pueden valerse por sí mismos.
Thomas de Quincey, On murderer considered as one of the fine arts