30.5.05

historia

La historia no es lo que sucedió. La historia es simplemente lo que los historiadores nos cuentan. Hubo una pauta, un plan, un movimiento, una expansión, la marcha de la democracia; es un tapiz, un flujo de sucesos, una narración compleja, conectada, explicable. Un buen relato lleva a otro. Primero eran los reyes y los arzobispos con algunas chapuceras intervenciones divinas entre bastidores, luego fue la marcha de las ideas y los movimientos de masas, luego pequeños acontecimientos locales que significaban algo mayor, pero siempre son interrelaciones, progreso, sentido, esto conduce a esto otro, esto sucedió a causa de aquello. Y nosotros, los lectores de la historia, los sufridores de la historia, escudriñamos las pautas en busca de conclusiones esperanzadoras, del camino hacia adelante. Y nos aferramos a la historia como una serie de cuadros de salón, retazos de conversación a cuyos participantes podemos imaginar fácilmente devueltos a la vida, cuando en realidad es siempre más bien como un collage de técnicas múltiples, en el que la pintura está aplicada con un rodillo en lugar de con un pincel de pelo de camello.

¿La historia del mundo? Sólo voces que hacen eco en la oscuridad; imágenes que arden durante unos siglos y luego se apagan; cuentos, cuentos viejos que a veces se superponen; extrañas conexiones, impertinentes relaciones. Yacemos aquí, en esta cama de hospital que es el presente (qué agradables sábanas limpias nos ponen hoy en día) con una burbuja de noticias cotidianas introducidas gota a gota en nuestro brazo. Creemos saber quiénes somos, aunque no sabemos exactamente por qué estamos aquí, o cuánto tiempo nos obligarán a quedarnos. Y mientras nos inquietamos y nos retorcemos envueltos en los vendajes de la incertidumbre -¿somos pacientes voluntarios?- fabulamos. Nos inventamos una historia para tapar los hechos que ignoramos o que no podemos aceptar; conservamos unos cuantos hechos verdaderos e hilamos una nueva historia en torno a ellos. Nuestro pánico y nuestro dolor sólo se alivian con una fabulación tranquilizadora; a eso le llamamos historia.
Julian Barnes, A history of the world in 10½ chapters

26.5.05

flor

What if you slept? And what if, in your sleep, you dreamed? And what if, in your dream, you went to heaven and there plucked a rare and beautiful flower? And what if, when you awoke, you had the flower in your hand? Ah, what then?
Samuel Coleridge

23.5.05

comprensión

Perdido en el laberinto del progreso mecánico, el hombre no sólo se encuentra desamparado, sino casi desesperado. Su única esperanza se cifra en la comprensión de su propia existencia, que es la única realidad finita. Tal comprensión, sin embargo, no puede alcanzarla por la inteligencia, sino por la fe pura; no por la razón, sino por la relación del hombre con Dios. Esta relación no posible a través de los dogmas, de las directrices eclesiásticas ni de norma alguna dictada por la Iglesia. Sólo se logra mediante la relación personal directa entre Dios y el hombre. El intelecto no sólo debe ser humillado, sino, en cierto sentido, crucificado antes de que pueda resucitar y saltar hacia Dios. El individuo que existe no es un ser, sino un Devenir. El Cristianismo es también un Devenir, un progreso interminable a través de la ansiedad, de la inseguridad y del sufrimiento. Deja de ser Cristianismo cuando se sumerge placenteramente en la paz del espíritu.
Sören Kierkegaard

19.5.05

renunciamiento

¡Ah, Eugenia! ¡Renuncia a las virtudes! ¿Acaso un solo sacrificio de los que se pueda hacer a esas falsas divinidades vale lo que un minuto de los placeres que se disfrutan ultrajándolas? ¡Vamos!, la virtud no es más que una quimera, cuyo culto se reduce a perpetuas inmolaciones e incontables rebeliones contra los instintos, las inspiraciones del temperamento. ¿Pueden ser naturales tales actitudes? ¿La naturaleza aconseja aquello que se ultraja? Que no os engañen, Eugenia, esas mujeres a las que llaman virtuosas. No obedecen, si quieres, a las mismas pasiones que nosotros, pero tienen otras que a menudo son mucho más despreciables. Su ambición, su orgullo, sus intereses particulares, y a menudo la sola frialdad de un temperamento que no les inspira nada. Pregunto: ¿les debemos algo a semejantes seres? ¿No es acaso el amor propio lo único que les sirve de guía? ¿Es entonces mejor, más razonable y más conveniente sacrificarse al egoísmo que a las pasiones? A mi modo de ver vale tanto lo uno como lo otro, y quien atiende sólo a este último mandato es sin duda mucho más razonable, puesto que es el órgano de la naturaleza, mientras que el otro es el de la estupidez y el de los prejuicios. Una sola gota de semen eyaculada por este miembro, Eugenia, es para mí mucho más valiosa que los más sublimes actos de una virtud que desprecio.
Donatien Alphonse François, marqués de Sade, Filosofía en el tocador

16.5.05

el muro

Por lo general, el muro es una construcción plana levantada perpendicularmente en relación a la tierra en sus dos acepciones, la de suelo y la de planeta, que se levanta con el propósito de separar cosas, personas o ideas.

A veces el muro es tan largo que se divisa desde el espacio infinito, y otras veces es tan sólido que uno puede golpearse contra él aunque sea invisible. Hay muros que no son de hormigón ni de cemento, como el lenguaje, la cultura, los complejos, la diferencia o el miedo. Hay otros que se derrumban al día siguiente de que un señor jurase que durarían mil años, y hay los que se construyen en La Puntilla y a nadie le parecen perversos ni censurables, pues protegen a la gente de bien de la gente de mal, en el entendido de que la virtud se puede calcular por los asteriscos en las libretas de ahorro.

Otras veces el muro ya estaba ahí, antes de la varilla y el cencerro, antes del martillo y el alicate. Así en la tierra como en el cielo, la manufactura de la imaginación ha transformado a las nubes en gases y a los aviones en cuchillos, así mismo un río puede ser un muro, como los enormes ríos bravos que separan a chinos de cochinos. Hablamos de muros porque “el muro” es una abstracción, una metafísica de la realidad. En 1966 dos científicos de Naucalpan advirtieron que el muro, en singular, no existe. Siempre hay por lo menos dos muros, del mismo modo en que la realidad depende de los cristales y los ojos que la miren. Si un muro es en realidad dos muros, el que vemos y el que no, y el que no vemos es aquel que ven los otros, cabe la posibilidad de que cuando derribemos uno el otro quede en pie, huérfano y cojo, y que su espejo adopte la forma de una cicatriz.

En Berlín, ciudad emblema del más famoso de los muros a pesar de que el suyo apenas duró 30 años (una minucia a lado de otros menos difundidos), todavía se pueden visitar unos cinco metros de dos columnas de pared separadas por un territorio habitado sólo por la policía. Cuenta la leyenda que en aquellos días los hombres del oeste se subían a unas torres o escaleras para ver, cual de un zoológico se tratara, cómo eran los distantes prójimos del este. La paradoja: en rigor los que estaban encerrados eran los occidentales, cercados por un muro que les impedía moverse, sin embargo, a los orientales. Me recuerda a mí cuando, de niño, quería encerrar a mis hermanas en la calle, porque el paraíso eran las cuatro paredes de mi casa.

No debemos confundir bajo ninguna circunstancia, empero, el muro con una pared. Las paredes sirven para colgar cuadros y oír conversaciones ajenas. Los muros, en cambio, deben permanecer sordos, especialmente contra los gritos de aquellos que quieren atravesarlos. Atravesar un muro hoy es tarea reservada a David Copperfield. Y en las antípodas de la ilusión, Pessoa dice que yo seré siempre aquel que esperó a que le abrieran la puerta junto a una pared sin puerta. Las paredes de los muros no son paredes, son fronteras de realidad, mapas de geografías lejanas separadas por un centímetro de hormigón armado, fronteras entre el yo y el ustedes, pluralizaciones de todo el desafecto posible entre los hombres.

Desde Hoenecker hasta Sharon pasando por Pink Floyd y Ronald Reagan, siempre podremos volver con otro guiño de infancia perdida, desesperanza lúdica y fe en lo que no existe, a la Pantera Rosa. Maravilloso ser ambiguo por excelencia, paso delante de Bugs Bunny, atleta astuta y silenciosa, callada y sorprendente, capaz de doblar los hoyos y enrollar los muros, meterlos en una maletita negra y devolverlos como escaleras que van a ninguna parte, hasta un cielo absurdo donde una escotilla de submarino se abre al sótano de un agricultor de flores azules.

Pantera Rosa que estás en los cielos, apiádate de nosotros y aparécete así en la tele como en Jerusalén. Me dirijo a ti en momentos en los que parece más racional hablarle a un dibujo animado que a esa especie que lleva siglos inclinándose ante un muro donde escupe sus lamentos, enrolla papelitos con maldiciones llamadas oraciones, ante un muro donde las mujeres (cualquier clase de otro) es reducido hasta el silencio.

El muro es también una metáfora, como cuando decimos ‘un muro se ha levantado entre nosotros’, frase que sirve para denotar distancia, pero también para darnos cuenta hasta qué punto Corín Tellado y sus secuaces nos han jodido las neuronas.
Santiago Roldós

12.5.05

oráculos

Subieron juntos la falda de la colina, hasta llegar a un claro donde el cielo era surcado por el vuelo de decenas de pájaros con grandes alas azules.

-La gente de aquí mira cómo vuelan y en su vuelo lee el futuro.

Dijo Hara Kei.

-Cuando era niño, mi padre me llevó a un lugar como éste, me puso en la mano su arco y me ordenó tirarle a uno. Lo hice y un gran pájaro de alas azules se precipitó al suelo, como una piedra muerta. Lee el vuelo de tu flecha si quieres saber tu futuro, me dijo mi padre.
Alessandro Baricco, Seda

9.5.05

prolíficos & devoradores

Los gigantes que formaron este mundo en su existencia sensorial y que ahora parecen vivir en él encadenados son en verdad las causas de su vida y las fuentes de toda actividad. Mas las cadenas son la astucia de las mentes ladinas y domesticadas con poder para resistirse a la energía, según reza el proverbio: el débil de coraje es fuerte en astucia.

Así que una parte del ser es el prolífico, y otra el devorador: al devorador le parece tener al productor entre sus cadenas, pero esto no es así sino que se engaña al tomar la parte por el todo.

Pero el prolífico dejaría de serlo si el devorador, como un mar, no recibiera el exceso de sus delicias.

Algunos preguntarán: ¿No es sólo Dios el prolífico? Yo respondo: Dios sólo actúa y es en los seres existentes o en los hombres.

De estas dos clases de hombres siempre hay en la tierra, y debieran ser enemigos: quienquiera que intente reconciliarlos busca destruir la existencia.

La religión es un esfuerzo por reconciliar a ambos.

Nota: ¡Jesucristo no deseaba unirlos, sino separarlos, como se muestra en la parábola de las ovejas y de las cabras! y dijo: No he venido a traer la paz, sino la espada.
William Blake, The marriage of heaven & hell

5.5.05

la Fe y las montañas

Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios.

Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía.

La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio.

Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de Fe.
Augusto Monterroso, La oveja negra

2.5.05

sufrimiento

El sufrimiento es fútil, me decía mi inteligencia una y mil veces, pero seguía sufriendo voluntariamente. El sufrimiento no me ha enseñado nada nunca; para otros puede que aún sea necesario, pero para mí no es sino una demostración algebraica de inadaptabilidad espiritual. Todo el drama que está representando el hombre de hoy mediante el sufrimiento no existe para mí: nunca ha existido, en realidad. Todos mis calvarios fueron crucifixiones de color rosa, seudotragedias destinadas a mantener avivados los fuegos del infierno para los pecadores auténticos que corren peligro de verse olvidados.
Henry Miller, Tropic of capricorn