28.2.05

molino I

Es esto el molino del Señor, que muele lentamente, pero tritura horriblemente a fondo. Quedáis reducidos a polvo y os creéis acabados. Pero no, todo volverá a empezar y volveréis a ser molidos. ¡Sed felices! Es el infierno sobre la tierra; así lo ha reconocido Lutero, que estima como una gracia especial ser pulverizado a este lado del empíreo.

¡Sed felices y agradecidos!

¿Qué debe hacerse? ¿Humillarse?

Pero si os humilláis ante los hombres despertaréis su orgullo, porque se creerán mejores que vosotros, por grande que sea su maldad.

¡Humillarse, pues, ante Dios! ¡Pero es una injuria rebajar al Supremo al nivel del terrateniente que domina a sus esclavos!

¡Rezar! ¡Cómo! ¡Arrogarse el derecho de intervenir en la voluntad y en los designios del Eterno por medio de halagos y de servilismo!

¡Buscar a Dios y hallar al diablo! Eso es lo que me ha sucedido.

He hecho penitencia, me he corregido y, así que empiezo a poner medias suelas a mi alma, hay que reparar la puntera; arreglad los tacones y se romperá el empeine. No se termina jamás.

Dejo de beber, y regreso sobrio a casa hacia las nueve de la noche para beber leche. La alcoba está llena de demonios que me arrancan de la cama y me ahogan bajo las mantas. Si vuelvo borracho a medianoche, me duermo como un ángel y me levanto fuerte como un diosecillo, dispuesto a trabajar como un galeote.

Evito a las mujeres, y sueños malsanos me asaltan por la noche.

Me acostumbro a no pensar sino bien de mis amigos, les confío mis secretos y mi dinero; soy traicionado enseguida. Si me rebelo contra alguna perfidia, siempre sufro yo el castigo.

Intento querer a los hombres en general: cierro los ojos ante sus faltas y, con ilimitada magnanimidad, dejo pasar infamias y calumnias; una mañana me encuentro convertido en cómplice. Si me aparto de compañías que considero malas, enseguida me atacan los demonios de la soledad, y, buscando mejores amigos, los encuentro peores.

Incluso tras haber vencido las malas pasiones y llegado, mediante la abstinencia, a una relativa tranquilidad del espíritu, experimento una autosatisfacción que me eleva por encima de mi prójimo, y heme en pecado mortal, el amor a sí mismo, que se castiga en el acto.
August Strindberg, Inferno

25.2.05

terapias

Un cronopio se recibe de médico y abre un consultorio en la calle Santiago del Estero. En seguida viene un enfermo y le cuenta cómo hay cosas que le duelen y cómo de noche no duerme y de día no come.

-Compre un gran ramo de rosas –dice el cronopio.

El enfermo se retira sorprendido, pero compra el ramo y se cura instantáneamente. Lleno de gratitud acude al cronopio, y además de pagarle le obsequia, fino testimonio, un hermoso ramo de rosas. Apenas se ha ido el cronopio cae enfermo, le duele por todos lados, de noche no duerme y de día no come.
Cortázar, Historias de cronopios y de famas

23.2.05

inhumanos

Codo a codo con la raza humana corre otra raza de seres, los inhumanos, la raza de los artistas que, estimulados por impulsos desconocidos, toman la masa inerte de la humanidad y, mediante la fiebre y el fermento de que la imbuyen, convierten esa pasta húmeda en pan y el pan en vino y el vino en canción. Con el abono muerto y la escoria inerte producen una canción que se contagia. Veo esa otra raza de individuos saqueando el universo, dejando todo patas arriba, con las manos siempre vacías, siempre tratando de agarrar y asir el más allá, el dios inalcanzable: matando todo lo que está a su alcance para calmar al monstruo que les roe las entrañas. Lo veo cuando se arrancan el cabello en su esfuerzo por comprender, por aprehender lo que es eternamente inalcanzable, lo veo cuando braman como bestias enloquecidas y se precipitan dando cornadas, veo que está bien y que no hay otro camino. Un hombre que pertenezca a esa raza ha de subir al lugar más alto y arrancarse las entrañas, mientras pronuncia palabras incoherentes. ¡Está bien y es justo, porque debe hacerlo! Y todo lo que se quede corto con respecto a ese espectáculo espantoso, todo lo que sea menos escalofriante, menos aterrador, menos demencial, menos embriagado, menos contagioso, no es arte. El resto es falso. El resto es humano. El resto corresponde a la vida y a la ausencia de vida.
Henry Miller, Tropic of cancer

21.2.05

flaqueza

De las exigencias de la vida, nada traje al mundo conmigo, que yo sepa, fuera de la común flaqueza humana. Con esta última -y en este aspecto es una fuerza gigantesca- he asumido poderosamente la negatividad de nuestro tiempo, que, por lo demás, me es muy afín, y a la que no tengo el derecho de combatir, pero sí, en cierto modo, el derecho de representar. Ni en la flaca positividad, ni en la negatividad extrema, que se trueca en positividad, tenía yo parte hereditaria. Del mismo modo que he sido introducido en la vida por la mano ya débil del cristianismo, como Kierkegaard, tampoco me he agarrado, como los sionistas, al cabo del taleth de Israel, que se lleva el viento. Soy un término o un comienzo.
Franz Kafka

18.2.05

maniáticos

Los historiadores, los literatos, los futbolistas, ¡psh!, todos son maniáticos, y el maniático es hombre muerto. Van por una línea, haciendo equilibrios como el que va sobre la cuerda, y se aprisionan al aire con el quitasol de la razón.

Sólo los locos exprimen hasta las glándulas de lo absurdo y están en el plano más alto de las categorías intelectuales.

Los historiadores son ciegos que tactean; los literatos dicen que sienten; los futbolistas son policéfalos, guiados por los cuádriceps, gemelos y soleus.
Pablo Palacio, Las mujeres miran las estrellas

16.2.05

first

-Nadie puede vivir sin los demás, David. Sencillamente, no es posible.

-Quizá no. Pero antes de mí no ha habido nadie como yo. A lo mejor yo soy el primero.
Paul Auster, The book of illusions

14.2.05

excusas

Los seres humanos no tenemos más remedio ni quizá mayor apremio psicológico que buscarle significado a todo lo que nos sucede, sobre todo si se trata de un acontecimiento especialmente catastrófico. Me refiero, claro está y pido disculpas por la redundancia, a un significado humano, aunque el suceso en cuestión se deba a un fenómeno de carácter natural. ¿Natural? Cuando nosotros estamos por medio, no consentimos que haya nada plenamente “natural”. Si un acontecimiento enorme nos arrasa debe querer decir algo: sea que Dios está enfadado con sus criaturas o sea que nuestros gobernantes no cumplen debidamente su función y son incapaces de conjurar eficazmente los males que este mundo nos acecha. Peor que el propio desastre sería aceptar con humildad que estamos sometidos a catástrofes de las que nadie consciente es responsable y que no encierran ni intención ni advertencia para nosotros: o sea, que nos pulverizan sin darnos especial importancia ni tomarnos en cuenta.
Fernando Savater, El puño de Dios

11.2.05

infinito

La antigua creencia según la cual el mundo será consumido por el fuego cumplidos los seis mil años es verdadera, tal y como lo escuché del Infierno.

Pues el querube de la espada de fuego recibirá por entonces la orden de abandonar la vigilancia del árbol de la vida, y cuando esto haga, se consumirá toda la creación, y lo que hoy se nos aparece como finito y corrupto aparecerá entonces como infinito y sagrado.

Esto llegará a suceder a través de un incremento del placer sensual.

Pero antes, la noción de que el hombre tiene un cuerpo distinto del alma tendrá que ser erradicada. Esto haré yo, imprimiendo mediante el método infernal, valiéndome de corrosivos, que en el Infierno resultan saludables y medicinales, disolviendo y borrando las superficies engañosas, y descubriendo lo infinito que yacía oculto en ellas.

Si las puertas de la percepción se limpiaran, todo aparecería a los hombres como realmente es: infinito.

Pues el hombre se ha confinado en sí mismo hasta solamente poder ver todas las cosas a través de los estrechos resquicios de su caverna.
William Blake, The marriage of heaven & hell

9.2.05

b.o.d.y.

De todos los objetos que nos afectan con su presencia, la existencia de nuestro propio cuerpo es lo que más nos impresiona, porque nos pertenece más íntimamente; pero, apenas sentimos la existencia de nuestro cuerpo, advertimos la atención que exige de nosotros para eludir los peligros que lo rodean. Sujeto a mil necesidades, y extremadamente sensible a la acción de los cuerpos exteriores, pronto sería destruido si no nos cuidáramos de su conservación. No es que todos los cuerpos exteriores nos hagan experimentar sensaciones desagradables: algunos parecen compensarnos por el placer que su acción nos procura. Pero es tal la desdicha de la condición humana, que el dolor es en nosotros el sentimiento más vivo; el placer nos afecta menos que el dolor, y casi nunca basta a consolarnos de él. En vano algunos filósofos sostenían, conteniendo sus gritos en medio de los sufrimientos, que el dolor no era un mal; en vano otros ponían la suprema ventura en la voluptuosidad, a la que no dejaban de negarse por miedo a las consecuencias: todos ellos habrían conocido mejor nuestra naturaleza si se hubieran contentado con limitar a la exención del dolor el soberano bien de la vida presente, y con reconocer que, sin poder alcanzar ese soberano bien, nos era permitido solamente acercarnos más o menos a él en proporción a nuestros cuidados y a nuestra vigilancia.
Jean D’Alembert, Discours préliminaire de l’enciclopédie

4.2.05

contradicción (en el mismo centro)

No creo tanto en la razón como para apuntarme al progreso ni a ninguna filosofía de la Historia. Por lo menos, sí creo que los hombres nunca han dejado de avanzar en la conciencia que han ido adquiriendo de su destino. No nos hemos elevado por encima de nuestra condición, y, sin embargo, la conocemos mejor. Sabemos que vivimos en la contradicción, pero que debemos rechazar la contradicción y hacer cuanto sea necesario para disminuirla. Nuestra tarea de hombres es la de encontrar las escasas fórmulas que puedan apaciguar la angustia infinita de las almas libres. Tenemos que remendar lo que se ha desgarrado, hacer que la justicia sea imaginable en un mundo tan evidentemente injusto, que la felicidad tenga algún sentido para los pueblos envenenados por la desdicha del siglo. Naturalmente, es una tarea sobrehumana. Pero se llama sobrehumanas a las tareas que los hombres tardan mucho tiempo en llevar a cabo: eso es todo.
Albert Camus, Los almendros

2.2.05

corpus

Si acaso muriera lejos de Francia, deseo que mis restos no se trasladen a mi país natal hasta que hayan pasado cincuenta años de su primera inhumación. Que a mi cuerpo se le evite una autopsia sacrílega; que nadie hurgue en mi cerebro sin vida ni en mi corazón extinto para descubrir el misterio de mi ser. La muerte no revela los secretos de la vida. La imagen de un cadáver viajando por correo me llena de horror, pero unos huesos secos y pulverizados se transportan fácilmente. Estarán menos fatigados en ese viaje final que cuando yo los arrastraba por este mundo, agobiados por la carga de mis penas.
François-René Chateaubriand, Mémoires d’outre-tombe