30.11.04

presente

Eché una mirada ansiosa a mi alrededor: presente, nada más que presente. Muebles ligeros y sólidos, incrustados en su presente, una mesa, una cama, un ropero con su espejo, y yo mismo. Se revelaba la verdadera naturaleza del presente: era todo lo que existe, y todo lo que no fuese presente no existía. El pasado no existía. En absoluto. Ni en las cosas, ni siquiera en mi pensamiento. Por supuesto, sabía desde hace mucho tiempo que el mío se me había escapado. Pero hasta entonces creí que se había situado simplemente fuera de mi alcance. Para mí el pasado sólo era un retiro, otra manera de existir, un estado de vacaciones y de inactividad; al terminar su papel, cada acontecimiento se acomodaba juiciosamente en una caja y se convertía en acontecimiento honorario; tanto cuesta imaginarse la nada. Ahora sabía: las cosas son en su totalidad lo que parecen, y detrás de ellas... no hay nada.
Jean Paul Sartre, La nausée

29.11.04

¿es necesario el diablo?

El gran apóstol y cómplice del pecado es Satán y por eso es combatido en todas las religiones. Pero ¿realmente somos justos en esta condena universal y total? Si observamos de manera objetiva la vida de los hombres tal y como se manifiesta en la actualidad a las miradas no prevenidas, hemos de reconocer que nuestra vida, o al menos la de la mayoría, no sería posible, si no concedemos algo al pecado, al Demonio.

Sin un elemento de orgullo –algunas veces admitido y confesado- no existirían poetas, artistas, filósofos, grandes jefes de pueblos o héroes. Dante, que es aún considerado como el sumo poeta del catolicismo, no disimula la alta idea que tenía de su genio. Lo que se llama por cierto puntillo de indulgencia “amor propio”, el “sentimiento justo del propio valer” no es más que una forma, atenuada y ennoblecida, del orgullo y del pecado de la soberbia. Y sin el estímulo de la “libido”, de la concupiscencia carnal, quedaría interrumpida la aparición de las almas sobre la Tierra; sin un mínimo de lujuria no nacerían vírgenes ni santos.

La ira, bajo las denominaciones de “generoso desprecio” y de la “legítima indignación” lleva al deseo y cumplimiento de la justicia. La pereza también es uno de los pecados capitales, pero el fundador del Taoísmo –Lao-Tse, que muchos consideran superior a Confucio- convierte a la sabiduría del no hacer en fundamento de su filosofía.

La avaricia, aun siendo el más sórdido de los pecados, contribuye a la virtud del ahorro y a la prosperidad de los pueblos. El famoso médico Mandeville demostró en su Favolla delle Api (1705), que los vicios privados son necesarios para la prosperidad pública.

Ciertos pecados, purificados y sublimados, en pequeñas dosis, contribuyen a la conservación de la especie humana. La verdadera malignidad del Diablo no consiste en sugerir los pecados sino en querer agrandarlos, en incitar a los excesos.

La intervención del Diablo es útil, necesaria, aunque en otro sentido es negativa y no positiva. Todos los manuales de moral enseñan la táctica y la estrategia del combate espiritual, de la diaria defensa del hombre piadoso contra las acechanzas y los asaltos de Satanás. La tentación diabólica es la piedra de toque del auténtico hombre de Dios. Una criatura floja, fría, insensible que no hace el mal por simple indiferencia, por pereza o falta de imaginación, y por esto, que no se encuentra nunca en trance de rechazar una tentación, de tener que luchar con el Diablo, no alcanzaría nunca un verdadero mérito a los ojos de Dios, quien premia a los victoriosos y no a los medianos.

Las actividades del Diablo son una ayuda a la salvación de las almas, porque sólo cuando son puestas a prueba se hacen merecedoras del premio de la bienaventuranza. Las tentaciones diabólicas, cuando son vencidas y no obedecidas, colaboran en la salvación. Sin la victoria sobre el demonio no existe un verdadero mérito ni es posible la paz final. Las artes y las armas de Satanás son instrumentos que, contra su voluntad, nos encaminan a la salvación. Instrumentos crueles, pero de los que no podemos prescindir. Satanás, con su odio puebla el infierno pero, al mismo tiempo, también abre las puertas del Paraíso. Muchos, si no hubiesen superado la prueba de las tinieblas, no gozarían de la luz. Esto se manifiesta con gran evidencia en la santidad. La santidad es el mal vencido, rechazado; si el mal no existiese, no existirían los santos. Satanás tiene un oficio insustituible, una misión providencial, y por eso puede afirmarse que el Diablo, por voluntad divina, es un coadjutor de Dios.

Satanás es el adversario; pero, sin adversario, no tendríamos batalla, y sin la batalla no alcanzaríamos la victoria y la gloria.

Quien pretenda quitar al Diablo su parte justa también quitaría algo a Dios, quien no ha constituido al príncipe de este mundo sin un fin, y del cual podemos entrever, pero no comprender a cabalidad, su sabiduría sobrenatural.

El Diablo es odio, pero su odio –y esta es una de las más dramáticas paradojas del cristianismo- es necesario para lograr el triunfo del amor.
Giovanni Papini, El Diablo, apuntes para una futura diabología

26.11.04

c.h.o.o.s.e.

Choose life. Choose a job. Choose a career. Choose a family. Choose a fucking big television. Choose washing machines, cars, compact disc players, and electrical tin openers.
Choose good health, low cholesterol and dental insurance. Choose fixed-interest mortgage repayments. Choose a starter home. Choose your friends.
Choose leisure wear and matching luggage. Choose a three piece suite on hire purchase in a range of fucking fabrics. Choose DIY and wondering who you are on a Sunday morning. Choose sitting on that couch watching mind-numbing sprit-crushing game shows, stuffing fucking junk food into your mouth. Choose rotting away at the end of it all, pishing you last in a miserable home, nothing more than an embarrassment to the selfish, fucked-up brats you have spawned to replace yourself.
Choose your future. Choose life.
But why would I want to do a thing like that?
I chose not to choose life: I chose something else. And the reasons? There are no reasons. Who need reasons when you've got heroin?
Mark Renton, Trainspotting

24.11.04

ideología subversiva

Los escritores son cargadores de la historia, pero ahora la carga se vuelve demasiado pesada para gente tan débil como nosotros. Cuál puede ser hoy día la función de un arte revolucionario, de una nueva vanguardia que, como las otras, ni siquiera se pregunta si hay reclutas que la sigan, en la sociedad actual que, no pudiendo obligarnos a callar, asimila y recupera astutamente, para comercializarlos, los elementos de rebeldía que se proponen destruirla. Las piezas de Peter Weiss son aplaudidas por los burgueses que pueden ir al teatro. Los posters de Mao y de Ho Chi Min se venden más que los de Humphrey Bogart. La camisas con el retrato del Che o de Angela Davis constituyeron un boom del negocio de gadgets. Un escritor que escriba un buen libro sobre la miseria en los Estados Unidos, ha dicho Saul Bellow, puede convertirse en millonario (sin hablar de la editorial comercial y capitalista). Es fácil decirse que cada retrato y cada libro contribuyen con su granito de arena -¿o habrá que decir gotita de agua?- a formar una corriente de opinión y hasta de acción, que ayudan a alguien a tomar conciencia de sí mismo y del lugar que le obligan a ocupar en un mundo demencial y ajeno. Pero eso no anula el hecho de que ese arte, convertido en mercancía, contribuye por otro lado a apuntalar económicamente la sociedad que trata de destruir. Y a apuntalarla estéticamente también. Los patrones tradicionales del arte obviamente no corresponden a nuestra época pero los nuevos modelos supuestamente revolucionarios son expresión de esta misma sociedad. Les bourgeois ne s’epattent ya de nada, aun cuando nos rebelemos ideológicamente contra ellos. Aquí, por lo menos, precisamente porque estamos sub-semi-en-vías-de-desarrollo, es decir que nuestra burguesía sigue siendo pequeña e imbécil, quizá podamos escapar a la trampa, encontrar una salida y otra adecuación de la forma de la realidad. Aunque todavía vociferen algunos camaradas, la forma es el contenido: la sociedad tiene una forma, la ideología se expresa en una forma determinada y el individuo en la suya, y mientras más compleja es la existencia, más confusa es la conciencia, y que no vengan a jodernos por la complejidad de la forma literaria que no es sino su consecuencia. Aquí, contra lo que pudiera creerse, esa novela voluntariamente invertebrada, acaso es la que realmente corresponde a una sociedad como la nuestra, no amalgamada, hecha de superposiciones y asimetrías de ideas, costumbres, culturas, razas, llena no sólo de fisuras sino de vacíos. Por lo demás, que importa: entre nosotros, el libro casi siempre va a parar precisamente en manos de esos lectores para quienes no ha sido escrito, y pierden entonces su sentido todas las claves, el lenguaje cifrado, el sistema de señales. Exactamente como esa carta leída por alguien que no es su legítimo destinatario. Pero qué le vamos a hacer.
Jorge Enrique Adoum, Entre Marx y una mujer desnuda

23.11.04

notas para un monólogo de la verga

Ya se sabe –y si no, ahora se va a enterar- que la verga es uno de los palos que sostienen una parte muy importante del velamen de un barco velero, sea galeón, fragata, carabela o bergantín. No es, por supuesto, el “palo mayor”, lugar que le corresponde al mástil, pero quien haya querido comparar el órgano genital masculino –aquel de forma alargada, por lo general dúctil y correoso, que está ahí donde sabemos, también utilizado para orinar y que para resumir llamaremos pene- con un palo de semejantes proporciones, sin duda era un exagerado, un acomplejado o, líbrenos el cielo, un aventajao de mítica envergadura.

El caso es que habiendo tantos nombres dulces y hasta mimosos como el famoso pipí o pipiricho, y otros menos conocidos como junior, chiquitín, mejor amigo, boticario, pariente cercano, mister lewinski, o elquetedije, pasando por unos realmente asquerosos como príapo, bálano o falo, que parecen sacados del segundo tomo de la Mitología Clásica, no se sabe por qué a ese alguien del que hablábamos antes se le ocurrió en un momento de marina inspiración, quizá al amanecer, llamar verga al pene. Pero hay, digo yo, que consolarse porque podría haberse llamado palo mayor, con lo que la exageración hubiera puesto en sumo aprieto a la mayoría de hombres a la hora del quiubo.

Resultó entonces que fue la verga de los veleros la que fue escogida para la feliz o malhadada analogía, y aunque esta palabra tan peculiar a muchos les suene como el discurrir de una uña sobre la pizarra fría, les recuerdo que es mucho más dulce que, por ejemplo, ‘vergajo’, que es un látigo parecido a la..., bueno, a esa, aunque más fino, y que pega duro, al igual que aquella cuando se viene abajo durante los huracanes o luego de una desconcentración súbita. Sucedió, sin embargo, que cuando ya la verga había ganado un espacio cada vez más amplio y húmedo (con mucho empuje de por medio) en la historia, sobrevino lo imprevisto: perdió popularidad entre las nuevas generaciones. De esta manera, para designar algo que no vale la pena, ahora se dice que “vale verga”. Y si algo es de tercera o de cuarta, resulta que “es una verga”. Y si algo sale mal, la exclamación que le sigue es “¡qué verga!”.

Y la indignación no se hace esperar: ¿por qué –me pregunto con impotencia- la verga, que tanto placer ha dado a la otra mitad (y un poco más) de la humanidad, tiene semejante connotación? ¿Por qué una parte del cuerpo masculino muchas veces cercenada por orden del sultán de turno, tantas veces heroica en los lances domingueros después de los cincuenta años, y en tantas ocasiones pillada por el cierre de la bragueta en medio de un terremoto o de una estampida provocada por los cornúpetas, no puede gozar de mayor prestigio entre las nuevas generaciones?

¿No se dan cuenta acaso de que la pobre ha sido circuncidada desde los albores de la humanidad y que nadie le preguntó jamás si le gustaba colgar inane como un murciélago de cabeza rapada? Pero, por favor, ¿qué se necesita argumentar para reivindicar su trayectoria de una vez por todas?; ¿haber sobrevivido a los mordiscones, los dientes trizados y hasta a los estornudos en momentos, digamos, poco propicios?; ¿el hecho de haber sido confundida sin necesidad con un ariete diseñado para derribar las puertas de ciertos castillos inexpugnables?, ¿deberemos explicar, tal vez, que más allá de lo que dijera Eva Braun, la forma del glande no es una imitación de un casco nazi sino al revés, que los cascos nazi trataron inútilmente de imitarlo?

Pero si... por un azar, usted, agraciada chiquilla, usted, desgraciado chiquillo, quiere de corazón tomar la bandera de esta lucha, sepa de una vez que no se le exige otro sacrificio que cambiar su actual punto de vista y trastocarlo en busca de la más elemental de las justicias, por así decirlo. Por ejemplo, exclamar ante una gran película: “¡Esta película sí que vale verga!”. Así, con fuerza, para que todo el mundo se dé vuelta y aplauda su frase emocionada. O si, es un decir, se saca la lotería, gritar de viva voz: “¡Qué verga, me gané el gordo!”. Eso es todo. No se exige más sacrificio que ése, y le juro que, a manera de recompensa, recibirá de todas las vergas del mundo un alto en su dura tarea para agradecerle por su apasionada lucha, como usted se lo merece.
Edgar Allan García

22.11.04

lingüistas

Tras la cerrada ovación que puso término a la sesión plenaria del Congreso Internacional de Lingüística y Afines, la hermosa taquígrafa recogió sus lápices y papeles y se dirigió hacia la salida abriéndose paso entre un centenar de lingüistas, filólogos, semiólogos, críticos estructuralistas y desconstruccionistas, todos los cuales siguieron su garboso desplazamiento con una admiración rayana en la glosemática.
De pronto las diversas acuñaciones cerebrales adquirieron vigencia fónica:
-¡Qué sintagma!
-¡Qué polisemia!
-¡Qué significante!
-¡Qué diacronía!
-¡Qué exemplar ceterorum!
-¡Qué Zungenspitze!
-¡Qué morfema!
La hermosa taquígrafa desfiló impertérrita y adusta entre aquella selva de fonemas. Sólo se la vio sonreír, halagada y tal vez vulnerable, cuando el joven ordenanza, antes de abrirle la puerta, murmuró casi en su oído: “Cosita linda”.
Mario Benedetti, Despistes y franquezas

19.11.04

de creatione et sententia vera mundi

ACTO I

Dios y Lucifer en sus respectivos tronos. Están rodeados de ángeles. Dios es un anciano de aspecto severo, casi malvado; lleva una larga barba blanca y pequeños cuernos como el Moisés de Miguel Angel. Lucifer es joven y hermoso, con algo de Prometeo, de Apolo y de Cristo; su tez es blanca y luminosa, sus ojos son llameantes y sus dientes blancos; una aureola rodea su cabeza.
DIOS: ¡Hágase el movimiento, puesto que el reposo nos ha corrompido! ¡Quiero intentar, aún, una manifestación, a riesgo de dispersarme y perderme entre la sucia masa! ¡Mirad! Allá abajo, entre Marte y Venus, quedan todavía por ocupar algunos miriámetros de mis dominios. Voy a crear allí un mundo nuevo: surgirá de la Nada y regresará a la Nada algún día. Las criaturas que vivirán en él se creerán dioses como nosotros, y gozaremos contemplando sus combates y sus vanidades. ¡Que su nombre sea mundo de la locura! ¿Qué opina de ello mi hermano Lucifer, que comparte conmigo esos dominios al sur de la Vía Láctea?
LUCIFER: Señor y hermano, tus malvados deseos exigen sufrimientos y desgracias. ¡Detesto tu idea!
DIOS: ¿Qué responden los ángeles a mi proposición?
ANGELES: ¡Hágase la voluntad del Señor!
DIOS: ¡Así sea! ¡Y desgraciados quienes ilustren a los locos sobre su origen y su misión!
LUCIFER: ¡Desgraciados quienes llaman al bien mal y al mal bien; quienes hacen luz de las tinieblas y tinieblas de la luz, quienes convierten lo dulce en amargo y lo amargo en dulce! Te cito ante el tribunal del Eterno.
DIOS: ¡Espero pues! ¿O acaso puedes tú hallar al Eterno más a menudo que cada diez miríadas de años, cuando visita estas regiones?
LUCIFER: Contaré la verdad a los hombres para que sean aniquilados tus proyectos.
DIOS: ¡Maldito seas, Lucifer! Y que tu lugar se halle por debajo del mundo de las locuras, para que puedas contemplar sus tormentos; y que los hombres te llamen el Maligno.
LUCIFER: ¡Vencerás puesto que eres fuerte como el Mal! ¡Para los hombres, tú serás Dios, tú, el calumniador, Satán!
DIOS: ¡Abajo el rebelde! ¡Adelante Miguel, Rafael, Gabriel, Uriel! ¡Golpea Samael, Azarel, Mehazael! ¡Soplad Oriens, Paymon, Egyn, Amaimon!
Lucifer es arrebatado por un torbellino y precipitado en los abismos.

ACTO II

SOBRE LA TIERRA
Adán y Eva bajo el árbol de la Ciencia, luego Lucifer en forma de serpiente.
EVA: No había advertido este árbol.
ADÁN: Este árbol nos está prohibido.
EVA: ¿Quién lo ha dicho?
ADÁN: Dios.
LUCIFER: ¿Qué Dios? Hay muchos.
ADÁN: ¿Quién habla?
LUCIFER: Yo, Lucifer el Porta-luz, que desea vuestra felicidad, que sufre con vuestros sufrimientos. ¡Mirad la nueva estrella matutina que anuncia el retorno del sol! Es mi propio astro coronado por un espejo que refleja la luz de la Verdad. Sus rayos, en la plenitud de los tiempos, guiarán a ciertos pastores de cierto desierto hacia un establo donde nacerá mi hijo, el redentor del mundo. Cuando comáis el fruto de este árbol, seréis conscientes del bien y del mal. Sabréis entonces que la vida es un mal; que no sois dioses, que el maligno os ha cegado y que vuestra existencia sólo sirve para mofa de los dioses. ¡Comed de su fruto y poseeréis el don de libraros de los dolores y la alegría de la muerte!
EVA: ¡Deseo saber y liberarme! ¡Come tú también, Adán!
Comen del fruto prohibido.

ACTO III

EL CIELO
URIEL: Desgraciados de nosotros, nuestra diversión ha terminado.
DIOS: ¿Qué sucede?
URIEL: Lucifer ha revelado vuestros actos a quienes habitan la tierra; lo saben todo y son felices.
DIOS: ¡Felices! ¡Ay de ellos...!
URIEL: Además les ha concedido el don de la libertad, de modo que pueden retornar a la nada.
DIOS: ¡Morir! ¡Muy bien! Que se propaguen antes de su muerte. ¡Que el amor se haga!

ACTO IV

LUCIFER (encadenado): Desde que el amor llegó al mundo mi poder ha terminado. Abel, liberado por Caín, había procreado con su hermana. ¡Y yo quiero liberarlos a todos! Aguas, mares, fuentes, ríos, vosotros que sabéis extinguir la llama de la vida: ¡Subid! ¡Exterminad!

ACTO V

EL CIELO
URIEL: ¡Desgraciados de nosotros! Nuestra diversión ha terminado.
DIOS: ¿Qué sucede?
URIEL: Lucifer ha soplado sobre el agua; el agua sube y libera a los mortales.
DIOS: ¡Ya lo sé! Acabo de salvar a dos de los menos inteligentes, que no sabrán jamás la clave del enigma. Su nave a tomado tierra sobre el monte Ararat y han ofrecido holocausto.
URIEL: Pero Lucifer les ha entregado una planta denominada viña, cuyo jugo engendra la estupidez. Una gota de vino, y sabrán la verdad.
DIOS: ¡Insensatos! No saben que he dotado a esta planta de extrañas virtudes: la locura, el sueño y el olvido. Con ella ya no sabrán lo que hayan visto sus ojos.
URIEL: ¡Desgraciados de nosotros! ¿Qué hacen allí abajo los necios habitantes de la tierra?
DIOS: Construyen una torre y quieren tomar por asalto el Cielo. ¡Ah! Lucifer les ha enseñado a interrogar. ¡Sea! Confundiré sus lenguas de modo que sus preguntas permanezcan estériles. ¡Y que mi hermano Lucifer quede mudo!

ACTO VI

EL CIELO
URIEL: ¡Desgraciados de nosotros! Lucifer les ha enviado a su único hijo que enseña la verdad a los hombres.
DIOS: ¿Qué es lo que dice?
URIEL: Nacido de una Virgen, pretende que su misión es liberar a los hombres, y quiere abolir el espanto de la muerte mediante la suya.
DIOS: ¿Qué dicen los hombres?
URIEL: Unos dicen que es el hijo de Dios, otros que el diablo.
DIOS: ¿Qué entienden por diablo?
URIEL: ¡Lucifer!
DIOS (enojado): Me arrepiento de haber creado al hombre sobre la tierra; ha llegado a ser más fuerte que yo, y yo ya no sé dirigir a semejante masa de locos y de estúpidos. Amaimon, Egyn, Paymos, Oriens, sacadme de encima este fardo: echad el globo al azar en los abismos. ¡Maldición sobre la cabeza de los rebeldes! Colocad delante del planeta maldito la horca, signo del crimen, del castigo y de los sufrimientos.
Egyn y Amaimon salen.
EGYN: ¡Señor! ¡Vuestra cruel voluntad y la palabra pronunciada han producido su efecto! La Tierra se conmueve en su orbe; las montañas se derrumban, las aguas inundan la tierra; el eje apunta al norte, al frío, a las tinieblas; la peste y el hambre aniquilan las naciones; el amor se ha convertido en odios mortales, la piedad filial en parricidio. ¡Los hombres creen estar en el infierno, y vos, Señor, estáis destronado!
DIOS: ¡Ayuda! ¡Me arrepiento de haberme arrepentido!
AMAIMON: ¡Demasiado tarde! Todo sigue su curso desde el momento en que desencadenasteis las fuerzas...
DIOS: ¡Me arrepiento! He depositado destellos de mi alma en seres impuros, cuya fornicación me envilece como la esposa mancilla a su esposo mancillando su cuerpo.
EGYN (a Amaimon): ¡El viejo delira!
DIOS: Mi energía se agota cuando se alejan de mí; su iniquidad me alcanza; y la locura de mi progenie hace presa en mí. ¡Qué he hecho, Eterno! ¡Apiádate de mí...! Puesto que ha querido la maldición, que la maldición caiga sobre él; puesto que no se ha complacido en la bendición, que la bendición se aleje de él.
EGYN: ¡Qué locura!
DIOS (prosternado): Señor, Eterno, ninguno entre los dioses se parece a ti y tus obras son incomparables. Pues eres grande y haces cosas maravillosas; ¡y sólo tú eres Dios, tú solo!
AMAIMON: ¡Locura!
EGYN: ¡Así va el mundo: si los dioses se burlan, los mortales abusan!

18.11.04

yo y mis uñas

Cuando acabo de cortarme las uñas o lavarme la cabeza, o simplemente ahora que, mientras escribo, oigo un gorgoteo en mi estómago, me vuelve la sensación de que mi cuerpo se ha quedado atrás de mí (no reincido en dualismos pero distingo entre yo y mis uñas) y que el cuerpo empieza a andarnos mal, que nos falta o nos sobra (depende).
De otro modo: nos mereceríamos ya una máquina mejor. El psicoanálisis muestra cómo la contemplación del cuerpo crea complejos tempranos. (Y Sartre, que en el hecho de que la mujer esté “agujereada” ve implicaciones existenciales que comprometen toda su vida). Duele pensar que vamos delante de este cuerpo, pero que la delantera es ya error y rémora y probable inutilidad, porque este ombligo, estas uñas, quiero decir otra cosa, casi inasible: que el “alma” (mi yo-no-uñas) es el alma de un cuerpo que no existe. El alma empujó quizá al hombre en su evolución corporal, pero está cansada de tironear y sigue sola adelante. Apenas da dos pasos se rompe el alma ay porque su verdadero cuerpo no existe y la deja caer plaf.
La pobre se vuelve a casa, etc., pero esto no es lo que yo. En fin.

Larga charla con Traveler sobre la locura. Hablando de los sueños, nos dimos cuenta casi al mismo tiempo que ciertas estructuras soñadas serían formas corrientes de locura a poco que continuaran en la vigilia. Soñando nos es dado ejercitar gratis nuestra aptitud para la locura. Sospechamos al mismo tiempo que toda locura es un sueño que se fija.
Sabiduría del pueblo: “Es un pobre loco, un soñador...”
Rayuela, LXXX

17.11.04

intenciones

La imagen corre el mismo riesgo que la mala palabra, contra cuyo empleo nos prevenía Sartre, puesto que jamás se sabe si el lector la recibirá con la misma intención con que la utilizó el autor, lo cual, dicho sea de paso y con permiso del maestro, ocurre no sólo con las palabrotas en ese “medio de comunicación” que es el lenguaje.
Jorge Enrique Adoum, Entre Marx y una mujer desnuda

sombras

Durante el día esta es la caverna de Platón, la primera sala de cine de la tierra, la pantalla de la pared donde sólo se refleja la sombra de lo que pasa afuera, pero no pasa nada, todo sucede dentro de uno y demasiado lejos; traigo mi pasado como quien hace su mudanza: los recuerdos rotos, los fracasos que se notan más por las pegaduras, los proyectos a los que les faltó siempre una pata, y si me decidiera seguramente traería conmigo mi dependencia de las cosas: libros, grabadora, radio, tocadiscos, con lo cual mi proyectado cambio de destino no sería en el fondo sino una payasada, porque será difícil acostumbrarse a otra piel. Quiénes me harían entonces sombra en la puerta: ¿los amigos? ¿Ella? ¿mi vieja? Pero para que esto sea honesto deberían ser otros amigos, otra ella, ninguna madre en lo posible, otro yo sobre todo.
Jorge Enrique Adoum, Entre Marx y una mujer desnuda

16.11.04

los sentidos y tú (o yo o lo que sea)

Admitimos el mundo como lo revelan nuestros sentidos. Si fuéramos daltonianos ignoraríamos algún color. Si hubiéramos nacido ciegos ignoraríamos los colores. Hay colores ultravioletas, que no percibimos. Hay silbatos que oyen los perros, inaudibles para el hombre. Si los perros hablaran, su idioma sería tal vez pobre en indicaciones visuales, pero tendría términos para denotar matices de olores, que ignoramos. Un sentido especial advierte a los peces el cambio de las presiones del agua y la presencia de rocas u otros obstáculos profundos, cuando nadan en la noche. No entendemos la orientación de las aves migratorias, ni qué sentido atrae a las mariposas liberadas en puntos lejanos, en una vasta ciudad, y a las que une el amor. Todas las especies animales que aloja el mundo viven en mundos distintos. Si miramos a través del microscopio la realidad varía: desaparece el mundo conocido y este fragmento de materia, que para nuestro ojo es uno y está quieto, es plural, se mueve. No puede afirmarse que sea más verdadera una imagen que la otra; ambas son interpretaciones de máquinas parecidas, diversamente graduadas. Nuestro mundo es una síntesis que dan los sentidos, el microscopio da otra. Si cambiaran los sentidos, cambiaría la imagen. Podemos describir el mundo como un conjunto de símbolos capaces de expresar cualquier cosa; con sólo alterar la graduación de nuestros sentidos, leeremos otra palabra en ese alfabeto natural.
Adolfo Bioy Casares, Plan de evasión

15.11.04

dancer in the dark

They say it’s the last song. They don’t know us; you see: it’s only the last song if we let it be.
Lars von Trier

el sexo de los ángeles

Una de las más lamentables carencias de información que han padecido los hombres y mujeres de todas las épocas, se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato, nunca confirmado, de que los ángeles no hacen el amor, quizá signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales.
Otra versión, tampoco confirmada pero más verosímil, sugiere que si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos (por la mera razón de que carecen de los mismos) lo celebran en cambio con palabras, vale decir con las adecuadas.
Así, cada vez que Ángel y Ángela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y tentarse mediante el intercambio de miradas que, por supuesto, son angelicales.
Y si Ángel, para abrir el fuego, dice: “Semilla”, Ángela, para atizarlo, responde: “Surco”. Él dice: “Alud”, y ella, tiernamente: “Abismo”.
Las palabras se cruzan, vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos.
Ángel dice: “Madero”. Y Ángela: “Caverna”.
Aletean por ahí un Ángel de la Guarda, misógino y silente, y un Ángel de la Muerte, viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se interrumpe, sigue silabeando su amor.
Él dice: “Manantial”. Y ella: “Cuenca”.
Las sílabas se impregnan de rocío y, aquí y allá, entre cristales de nieve, circulan el aire y su expectativa.
Ángel dice: “Estoque”, y Ángela, radiante: “Herida”. Él dice: “Tañido”, y ella: “Rebato”.
Y en el preciso instante del orgasmo ultraterreno, los cirros y los cúmulos, los estratos y nimbos, se estremecen, tremolan, estallan, y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.
Mario Benedetti, Despistes y franquezas

12.11.04

memorabilis

Hay un vínculo secreto entre la lentitud y la memoria, entre la velocidad y el olvido. Evoquemos una situación de lo más trivial: un hombre camina por la calle. De pronto, quiere recordar algo, pero el recuerdo se le escapa. En ese momento, mecánicamente, afloja el paso. Por el contrario, alguien que intenta olvidar un incidente penoso que acaba de ocurrirle acelera el paso sin darse cuenta, como si quisiera alejarse rápido de lo que, en el tiempo, se encuentra aún demasiado cercano a él.

En la matemática existencial, esta experiencia adquiere la forma de dos ecuaciones elementales: el grado de lentitud es directamente proporcional a la intensidad de la memoria; el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido.
Milan Kundera, La lentitud XI

diálogo y ventana

-¿Qué es lo que veo, qué es lo que puedo ver desde esta ventanita?
-Veo un muro gris, un serio muro gris en el que el sol viene a pegarse como una estampilla la mitad del año, como una araña achatada, como una pasta amarilla que a la tarde se envuelve apergaminada hacia arriba. Veo también una pequeña ventana y en ella una cabeza enmarañada, sin peinarse y sin cuerpo, desnivelada al filo de una batiente abierta, con la mirada puesta lejos como hacia adentro.
-¿Y qué es lo que tiene esta cabeza?
-Nada.
-¿Qué más veo, qué más puedo ver desde esta ventanita?
-Veo alguna vez un hombre recóndito, alguna vez un hombre alegre, alguna vez un hombre simplemente.
-¿Qué es lo que quieren estos tres hombres?
-Nada.
-¿Y qué más, y qué más veo?
-Atrás, el atardecer...
-¡Calla! ¿Y qué más, y qué más?
-... Bueno...
-¿Y qué más, y qué más?
-¡Nada, pues, vaya!
Pablo Palacio, Vida del ahorcado

11.11.04

inconvenientes en los servicios públicos

Vea lo que pasa cuando se confía en los cronopios. Apenas lo habían nombrado Director General de Radiodifusión, este cronopio llamó a unos traductores de la calle San Martín y les hizo traducir todos los textos, avisos y canciones al rumano, lengua no muy popular en la Argentina.

A las ocho de la mañana los famas empezaron a encender sus receptores, deseosos de escuchar los boletines así como los anuncios del Geniol y del Aceite Cocinero que es de todos el primero.

Y los escucharon, pero en rumano, de modo que solamente entendían la marca del producto. Profundamente asombrados, los famas sacudían los receptores pero todo seguía en rumano, hasta el tango Esta noche me emborracho, y el teléfono de la Dirección General de Radiodifusión estaba atendido por una señorita que contestaba en rumano a las clamorosas reclamaciones, con lo cual se fomentaba una confusión padre.

Enterado de esto el Superior Gobierno mandó fusilar al cronopio que así mancillaba las tradiciones de la patria. Por desgracia el pelotón estaba formado por cronopios conscriptos, que en vez de tirar sobre el ex Director General lo hicieron sobre la muchedumbre congregada en la Plaza de Mayo, con tan buena puntería que bajaron a seis oficiales de marina y a un farmacéutico. Acudió un pelotón de famas, el cronopio fue debidamente fusilado, y en su reemplazo se designó a un distinguido autor de canciones folklóricas y de un ensayo sobre la materia gris. Este fama restableció el idioma nacional en la radiotelefonía, pero pasó que los famas habían perdido la confianza y casi no encendían los receptores. Muchos famas, pesimistas por naturaleza, habían comprado diccionarios y manuales de rumano, así como las vidas del rey Carol y de la señora Lupescu. El rumano se puso de moda a pesar de la cólera del Superior Gobierno, y a la tumba del cronopio iban furtivamente delegaciones que dejaban caer sus lágrimas y sus tarjetas donde proliferaban nombres conocidos en Bucarest, ciudad de filatelistas y atentados.
Cortázar, Historias de cronopios y de famas

10.11.04

hoguera

Muy reverendo Padre y muy alto Señor, yo, Giovanni Mocenigo, hijo del señor don Marco Antonio, denuncio a Vuestra Paternidad muy reverenda por obligación de mi conciencia, y por orden de mi confesor, haber escuchado decir a Giordano Bruno nolano, algunas veces que ha discutido conmigo en mi casa: que es un gran error por parte de los católicos afirmar que el pan se transustancie en carne; que él es enemigo de la misa; que ninguna religión le gusta; que Cristo fue un pérfido que como hacía sus tristes obras para seducir a los pueblos, podía predecir que sería detenido; que en Dios no hay distinción de personas, porque esto sería imperfección de Dios; que el mundo es eterno, y que hay infinitos mundos, y que Dios los crea continuamente, porque dice que quiere tantos como pueda; que Cristo hacía milagros aparentes y que era un mago, al igual que los apóstoles y que él mismo podía hacer tanto y más que ellos; que Cristo no murió de buena gana y que escapó en cuanto pudo; que no hay un castigo de los pecados; que las almas creadas por obra de la naturaleza pasan de un animal a otro. Manifestó el deseo de crear una nueva secta con el nombre de “Nueva Filosofía”; dijo que la Virgen no podía haber parido y que nuestra fe católica está llena de blasfemias contra la majestad de Dios; que habría que quitarles la palabra y las rentas a los hermanos, porque corrompen el mundo, que son todos asnos, y que nuestras opiniones son doctrinas de asnos; que no tenemos prueba de que nuestra fe agrade a Dios; y que no hacer a los otros lo que no queremos que nos hagan a nosotros no basta para vivir bien y que se ríe de todos los otros pecados; y que se maravilla de que Dios soporte tantas herejías de los católicos.
Primera denuncia presentada por Mocenigo en contra de su tutor Giordano Bruno ante Giovan Gabriele da Saluzz, Inquisidor de Venecia, el 23 de mayo de 1592. El proceso seguido contra Bruno termina el 8 de febrero de 1600 con la sentencia a muerte en Roma por hereje impenitente, pertinaz y obstinado. Sus últimas palabras fueron (o se dice que fueron): “Tal vez tenéis más temor vosotros al pronunciar mi sentencia, que yo al recibirla”

9.11.04

humana

Descansa, humana, tu dormida cabecita, en mis brazos sin fe; el tiempo y la fiebre agostan por doquier la belleza individual de los niños pensativos, y la tumba prueba lo efímero de la infancia: pero dejad que en mis brazos, hasta romper el día, descanse la tierna criatura, mortal, culpable, pero para mi completamente hermosa.
Wystan Hugh Auden

humans

Satán solía decir que nuestra raza vivía una vida de autoengaño continuo e ininterrumpido. Se estafaba a sí misma desde la cuna hasta la tumba con imposturas e ilusiones que tomaba por realidades, y esto convertía su vida entera en una impostura. De la veintena de buenas cualidades que imaginaba tener y de las que se envanecía, en realidad no poseía prácticamente ninguna. Se consideraba a sí misma como oro, y era solamente latón.
Mark Twain

8.11.04

argumentum ornithologicum

Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros. La visión dura un segundo o acaso menos; no sé cuántos pájaros vi. ¿Era definido o indefinido su número? El problema involucra el de la existencia de Dios. Si Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta. En tal caso, vi menos de diez pájaros (digamos) y más de uno, pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos pájaros. Vi un número entre diez y uno, que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco, etcétera. Ese número entero es inconcebible; ergo, Dios existe.
Jorge Luis Borges, El hacedor

5.11.04

placeres terrenales

Esta vida terrena puede ser, como aseguran, un valle de lágrimas. Lo es para quienes sufren los horrores que aquí se pueden sufrir, que son muchos, y que son casi todos invención de los hombres. Y es también, más que un valle, una estepa de dolores para quienes condenan los placeres terrenales, sean propios o sean ajenos, y se esfuerzan por reprimirlos y prohibirlos. Para ellos espero que también sea un antro de sufrimiento la otra vida, si es que existe, y si es que existe la justicia como cosa distinta del mero placer intelectual sin consecuencias prácticas, como sucede aquí. Pero para los otros, para nosotros, esta vida de ahora es una fuente de placer. Y no hay otra.

Voy a hablar en este artículo de los placeres propios: de los míos. De los placeres del cuerpo y de los del espíritu. Aunque no es fácil distinguirlos, porque unos y otros están tan íntimamente unidos, tan dolorosamente separables, como la uña y la carne. Placeres espirituales del cuerpo, placeres corporales del espíritu: placeres terrenales. Entre los cuales cuento el placer (¿celestial?) de la especulación teológica: crear dioses es un placer de hombres. ¿Acaso no brota del hipotálamo un chorro refrescante de endorfinas cada vez que uno descubre una prueba nueva de la existencia de Dios, o de su inexistencia? ¿Y acaso no es ese chorro gratuito de placer la prueba misma de que algún dios existe? Yo lo he sentido a veces, de la nuca a la nariz, como un baño interior de agua de rosas o de sábila, leyendo el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz o ese textico de Jorge Luis Borges que se titula Prueba Ornitológica en el cual pretende demostrar burlona e irrefutablemente la existencia de Dios a partir del paso de una bandada de pájaros.

Excluiré sin embargo el placer de la prohibición. Sé que existe, pero no es de los míos. Es un placer de funcionarios, policial, militar, eclesiástico, que sólo satisface a los temperamentos autoritarios. Un placer de dioses, y no de hombres. Por eso afirman todos los curas de todas las religiones que toda prohibición es agradable a Dios, al Dios que sea. La prohibición del cerdo o de la sodomía, la de la masturbación o la del juramento. Afirman también que el Diablo es "el espíritu que siempre niega". No es verdad. Desde la rebelión de Lucifer, es él quien siempre afirma: busca la libertad, que es el ámbito del placer. Salvo el de prohibir, pues, que es un placer divino "no comerás de este fruto", todos los demás son placeres diabólicos. Quiero decir, humanos. Lo cual significa que son intransferibles, aunque sean compartidos.

Hay placeres de absorción, de ingestión. Comer, beber, leer, oír, respirar, ver. Beber lo que a uno le gusta, claro: agua fresca sí, leche tibia no. O viceversa: todos somos distintos. Ver es un placer doble: de absorción y de emisión a la vez. Pues hay también placeres de emisión, de expulsión, de creación. Hablar, cantar, eyacular, o simplemente orinar. Cagar también. Dice Quevedo, en trance placentero de creación poética, que "no hay placer más descansado/que después de haber cagado". Llorar. Toser incluso. O ese placer sublime, en el que según Montaigne toman parte todas las potencias del cuerpo o del alma, que es estornudar. Por lo general los placeres son más intensos cuando son dobles: mirar y ver, hablar y hallar respuesta. Son los placeres de pareja, que pueden ser sexuales o no serlo, que pueden incluso no ser correspondidos y conllevar su parte de dolor. El amor contrariado, a veces, puede ser un placer. Y la nostalgia de lo perdido es un placer, y también un dolor, como ese que se procuran los niños cuando se tocan con la punta de la lengua la muela dañada: un placer ácido. Placeres del tacto, de caricia o de presión, de la mano o de los labios. Los hay sin mezclas: el sol sobre la piel, o el agua, u otra piel sobre la propia piel.

Los placeres de los cinco sentidos se suman y se complementan con los de la inteligencia: los de la curiosidad y los del descubrimiento. Y los de la ignorancia, innegables (no saber), y el placer refinadamente intelectual de la abstención. No ver televisión, por ejemplo. No tener que escribir artículos de encargo, como este. Ayunar. Abstenerse de un placer, o posponerlo, como los niños que guardan para el final la mejor parte del dulce. Callar.

Todo lo que vengo diciendo es pura especulación: placer espiritual de la especulación. Pero hay que entrar en materia: en los placeres de la materia.

Acabo de almorzar. En fin, hace ya un rato. Después dormí la siesta, porque la sabiduría popular recomienda: "Después de comer, ni un sobre has de leer". Y escribir un artículo, menos. Supongo, pues, que debo hablar en su orden del placer de comer, del de dormir, del de leer (no sólo sobres), del de escribir. Cuando uno está sano, la vida es pródiga en placeres. Fue un almuerzo solitario (hacerlo acompañado hubiera sido un placer diferente) y frugal. Una chuleta de cerdo, dorada y tostada, crujiente y jugosa en los bordes apenas requemados, cargada de todos los placeres perjudiciales del colesterol. Arroz blanco: los chinos y nosotros en Colombia conocemos el placer del arroz blanco, sin mezcla, que ignoran otras culturas. Pues los placeres, aun los más elementales e inmediatos, son siempre culturales, pasados por el tamiz de la cultura. Así yo, heredero del Occidente cristiano, ignoro muchos de los placeres del Oriente o de Oceanía, y hasta supongo que algunos me parecerían repulsivos si los conociera. Aunque sí conozco ese placer de chinos que consiste en rascarse la espalda con una manecilla tallada en la punta de un largo mango de marfil.

Vuelvo atrás: puré de papas. Esa preparación tan simple, que ni siquiera llega a ser puré, de tierna y pálida papa sabanera aplastada en un plato con culo de cuchara de palo. A un lado, los hollejos de la papa fritos en aceite de oliva después de cocinados, rociados generosamente de sal gorda (la generosidad: otro placer). Y una ensalada de hojas de lechuga y gajos rojos de tomate con aceite y sal de mar. ¿Y qué más? Nada más. Postre no. Un tinto, cargado: no esa agüita sucia. En un tiempo escribí notas de comida para una revista de cocina, y era un placer simplemente nombrar por escrito las cosas de comer: arroz, caviar. Ah: y un vino tinto de Chile. No soy enólogo. No voy a hablar aquí de aromas de roble o trufa ni de aterciopelamientos de paladar o de boca. Pero lean a un enólogo: incluso si uno no bebe vino, es un placer leer de vinos.

Si no tuviera que escribir este artículo (el placer del deber cumplido) saldría al jardín, donde en este momento un jardinero de gorrita juega en la luz con el chorro de una manguera que culebrea y cabrillea sobre el verde del pasto y los brochazos de color de las flores, como en un cuadro de los impresionistas. Creo que me olvidé de describir la siesta, que también fueron manchas de color en los párpados, fajas cromáticas como las que pintaba Rothko, y una especie de beatitud levitante bajo el peso liviano de la sábana. Yo duermo siesta entera, por decirlo así, cuando puedo. Siesta de las que llaman pijameras, aunque sin el pijama. Pero hay otras también, si el tiempo apremia: la siesta "de cucharilla", por ejemplo: sostiene uno entre los dedos la cucharita de revolver el azúcar del tinto, y se queda un momento dormido, sentado. Y se despierta con el tintineo que hace la cucharita cuando se cae al piso. Y hay, por supuesto, la siesta en compañía, que es la mejor de todas, porque la hora de las siesta es, en mi opinión, la mejor de las horas para hacer el amor, conyugal o clandestino, de tinieblo. El placer del tinieblo. Claro: hay que tener tiempo. (Y el placer voluptuoso de tener por delante todo el tiempo del mundo, el tiempo dilatado de la tarde). Quedarse vagamente adormilado, acariciarse perezosamente con la mujer medio dormida, perder por un instante la conciencia y encontrarse uno mismo, al despertar, rozando con la boca un hombro liso o las vértebras de un cuello bajo la masa del pelo, y pegado a la frescura tersa de unas nalgas mientras la erección, también ella, despierta, y en ocasiones se agiganta, o a veces vuelve a adormecerse. Y uno acomoda un codo y se endereza, y besa, y hace el amor, o no. Es sábado. No hay prisa. Tenemos toda la tarde por delante, como una playa de luz.

Tras la siesta, el trabajo. En mi caso, escribir un artículo. Este, u otro: alguno sobre esa cosa repugnante que es la política colombiana, mi tema favorito. Pues resulta que hasta eso puede ser un placer. Leer unas declaraciones del ministro de Interior y Justicia, para encenderse de la ira, para reírse de rabia: el placer de la risa y el placer de la rabia. La adrenalina es placentera cuando fluye a borbotones por sus conductos designados, que no sé bien si son las venas o los nervios, pero que vibran todos de vida caliente y natural cuando les pasa el chorro. Escribir: "este alcalde ahora pretende" o este presidente, o esta embajadora de los Estados Unidos, o este Papa de Roma y levantarse para verificar en la biblioteca una cita maligna sobre el alcalde o el Papa. Y el placer íntimo de verificar, de investigar, de descubrir, de inventar. "Quien aumenta el conocimiento aumenta el dolor", advierte el Eclesiastés, ese libro tremendo tan placentero de leer como debió haberlo sido de escribir. Aumenta el dolor, pero también aumenta el placer. Antes del almuerzo, por el puro placer sin mácula de ampliar mis conocimientos aprendiendo cosas que olvidaré enseguida (el placer de olvidar), leí en la enciclopedia, buscando otra cosa (el placer de encontrar lo que no se busca), un artículo apasionante sobre las órbitas irregulares de los cometas llamados de Encke (Johann Franz, astrónomo alemán del XIX), que ya he olvidado. Y un pedazo de novela mala: el placer de cerrar un mal libro. Y luego fui a la cocina, y abrí la despensa con su olor encerrado de cebollas y ajos y mandarinas y pan viejo, a ver qué hacía. Y me salió el almuerzo que conté, y la siesta que dije, y después esto.

Decía Rimbaud, o pedía, que la vida debería ser un festín en el que corrieran todos los vinos, en el que se abrieran todos los corazones. No lo es, pero debería serlo.

Podría seguir indefinidamente. Los placeres de la salud, los del dinero, los del amor, llevado por el ritmo del tango. Los placeres del tango. Los del baile en general. Podría seguir indefinidamente, pero sólo me dieron tres páginas para que escribiera sobre los placeres de la vida. Como si en tres paginitas fueran a caber todos los vinos y todos lo corazones.
Nota del Editor: por desgracia cuando me puse a copiar en un papelito el presente artículo de una revista colombiana hace algunos meses ya, olvidé anotar el nombre del autor, si algún rato lo encuentro se lo pondrá en reemplazo de esta nota del editor; además, confieso haber omitido ciertos pasajes del presente artículo, como por ejemplo la parte dedicada al placer de ir a los toros, por cuestiones ideológicas propias de mí

4.11.04

continuidad de los parques

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Cortázar, Final del juego

speedy

El hombre encorvado encima de su moto no puede concentrarse sino en el instante presente de su vuelo; se aferra a un fragmento de tiempo desgajado del pasado y del porvenir; ha sido arrancado a la continuidad del tiempo; está fuera del tiempo; dicho de otra manera, está en estado de éxtasis; en este estado, no sabe nada de su edad, nada de su mujer, nada de sus hijos, nada de sus preocupaciones y, por lo tanto, no tiene miedo, porque la fuente del miedo está en el porvenir, y el que se libera del porvenir no tiene nada que temer.

La velocidad es la forma de éxtasis que la revolución técnica ha brindado al hombre. Contrariamente al que va en moto, el que corre a pie está siempre presente en su cuerpo, permanentemente obligado a pensar en sus ampollas, en su jadeo; cuando corre siente su peso, su edad, consciente más que nunca de sí mismo y del tiempo de su vida. Todo cambia cuando el hombre delega la facultad de ser veloz a una máquina: a partir de entonces, su propio cuerpo queda fuera de juego y se entrega a una velocidad que es incorporal, inmaterial, pura velocidad, velocidad en sí misma, velocidad éxtasis.
Milan Kundera, La lentitud