29.10.04

los chiquillos

Al fin los chiquillos de la Universidad tuvieron una idea genial.
Antes de ir a clase hicieron, una mañana azul, abundante provisión de pistolas, de tal manera que para cada chiquillo había una pistola. Y cada chiquillo se guardó su pistola.
Entonces se abrió la clase y todos tomaron el sitio de cada día. Sobre su sillón de cuero, el Profesor sabio hacía gestos y hablaba, hablaba y hacía gestos; pero sus palabras, apenas salidas de los labios, se le caían en la punta de los zapatos: era que no podían avanzar porque la clase estaba llena con el coraje de los chiquillos, cuyos corazoncitos hacían bum, bum; bum, bum.
Y ya cuando el Profesor sabio había acabado por ponerse majadero, el chiquillo de los bigotes delgaditos púsose en pie y dijo:
-¡Señor Profesor! ¡Usted no es nada más que un majadero!
Y el Profesor sacó los ojos el tanto de un jeme y los metió y los sacó.
Entonces el de los bigotes delgaditos dijo también:
-Todos los chiquillos de la clase hemos decidido suicidarnos en masa porque usted es un majadero.
-Hemos resuelto suicidarnos en masa porque usted es un majadero –dijeron en coro.
Y todos los chiquillos sacaron sus máquinas y cada uno se puso la suya en el hueco de una oreja.
El compañero de los bigotes gritó:
-¡Uno...! ¡Dos...! y... ¡Tres!
¡Pum!
Cayeron heroicamente, como deben caer los hombres. Y el Profesor sabio, dejando de hacer gestos, se puso a buscar a gatas por la clase las palabras inútilmente perdidas.
Pablo Palacio, Vida del ahorcado

28.10.04

individualismo

La vida del hombre no puede “ser vivida” repitiendo los patrones de su especie, es él mismo –cada uno- quien debe vivir. El hombre es el único animal que puede estar fastidiado, que puede estar disgustado, que puede sentirse expulsado del paraíso.
Erich Fromm, Ética y psicoanálisis

27.10.04

la armonía natural o no se puede andar violándola

Un niño tenía trece dedos en cada mano, y sus tías lo pusieron en seguida al arpa, cosa de aprovechar las sobras y completar el profesorado en la mitad del tiempo que los pobres pentadígitos.

Con esto el niño llegó a tocar de tal manera que no había partitura que le bastara. Cuando empezó a producir conciertos era tan extraordinaria la cantidad de música que concentraba en el tiempo y el espacio con sus veintiséis dedos que los oyentes no podían seguirlo y acababan siempre retrasados, de modo que cuando el joven artisto liquidaba La fuente de Aretusa (transcripción) la pobre gente estaba todavía en el Tambourin Chinois (arreglo). Esto naturalmente creaba confusiones hórridas, pero todos reconocían que el niño tocaba-como-un-ángel.

Así pasó que los oyentes fieles, tales como los abonados a palcos y los críticos de los diarios, continuaron yendo a los conciertos del niño, tratando con toda buena voluntad de no quedarse atrás en el desarrollo del programa. Tanto escuchaban que a varios de ellos empezaron a crecerles orejas en las caras, y a cada nueva oreja que les crecía se acercaban un poco más a la música de los veintiséis dedos en el arpa. El inconveniente residía en que a la salida de la Wagneriana se producían desmayos por decena al ver aparecer a los oyentes con el semblante recubierto de orejas, y entonces el Intendente Municipal cortó por lo sano, y al niño lo pusieron en Impuestos Internos, sección mecanografía, donde trabajaba tan rápido que era un placer para sus jefes y la muerte para sus compañeros. En cuanto a la música, del salón en el ángulo oscuro, por su dueño tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo veíase el arpa.
Cortázar, Un tal Lucas

kitten on the keys

A un gato le enseñaron a tocar el piano, y este animal sentado en un taburete tocaba y tocaba el repertorio existente para piano, y además cinco composiciones suyas dedicadas a diversos perros.

Por lo demás, el gato era de una estupidez perfecta, y en los intervalos de los conciertos componía nuevas piezas con una obstinación que dejaba a todos estupefactos. Así llegó al opus ochenta y nueve, en cuyas circunstancias fue víctima de un ladrillo arrojado por alguien con saña tenaz. Duerme hoy el último sueño en el foyer del Grand Rex, Corrientes 640.
Cortázar, Un tal Lucas

25.10.04

más dudas

Ahora bien (¿o ahora mal?). Hace ya ¿dieciocho? ¿quince? días que estás tratando de escribir este capítulo (¿hay capítulos en tu libro, hay capítulos en la memoria, en la vida?), lo has hecho, lo has rehecho y te has deshecho de él, sin saber por dónde comenzar (¿no decías tú mismo que no hay por qué buscarle un comienzo?) ni en dónde está la verdadera dificultad. Será tal vez uno de esos períodos que Gálvez llama de brutez atroz. Será que así como una vez una mujer se te cruzó en el camino de tu libro que creías libre y allí la metiste, se te han cruzado nuevas o viejas lecturas que te crean dudas (afortunadamente, porque quién eres tú para dar respuesta o soluciones, y aunque sabes qué quieres escribir, por ejemplo el viaje de Gálvez a Licán, se te han ido acumulando las anotaciones, las citas, las palabras y situaciones prefabricadas, luego las has tirado con el infantil inútil afán de comenzar en cero), te preguntas hasta cuándo la novela tendrá que apoyarse en la anécdota, hasta cuándo el animal dormido de la literatura va a seguir despertándose a atisbar el acontecimiento y lanzarse sobre él para devorarlo, si no será posible lograr ese objeto sumo del arte, la novela sin situaciones ni personajes, y si esa aventura será factible en tu país o en un hombre de tu país, con la insolencia suficiente para creer que puede escapar a su medio, si era a eso a lo que se refería el viejo Tolstoi cuando en 1893 (¿ya?), al hablar de la muerte de la novela (¿ya?) afirmaba: “Si se tiene algo que decir que se lo diga, pero que se hable claramente”, claro que él ya había escrito La guerra y la paz y Ana Karenina, y tú no conoces otra manera de hablar claramente, tienes tus problemas de técnica y de lenguaje y sobre todo el problema del público al que te diriges, si es que te diriges a alguien en lugar de hablar solo, contentándote como los esquizofrénicos con las palabras en lugar de las cosas, olvidándote no solamente de Wittgenstein (“la filosofía es una batalla contra el embrujamiento de la inteligencia por el lenguaje”) sino de Lenin (“los hechos son tenaces”).
Jorge Enrique Adoum, Entre Marx y una mujer desnuda

PD: el narrador está increpando al escritor, si es que una pista es necesaria

aves

How do you know but ev’ry bird that cuts the airy way, is an immense world of delight clos’d by your senses five?
William Blake, The marriage of heaven and hell

19.10.04

el Gran Tornillo

En uno de sus libros, Morelli habla del napolitano que se pasó años sentado a la puerta de su casa mirando un tornillo en el suelo. Por la noche lo juntaba y lo ponía debajo del colchón. El tornillo fue primero risa, tomada de pelo, irritación comunal, junta de vecinos, signo de violación de los deberes cívicos, finalmente encogimiento de hombros, la paz, el tornillo fue la paz, nadie podía pasar por la calle sin mirar de reojo el tornillo y sentir que era la paz. El tipo murió de un síncope, y el tornillo desapareció apenas acudieron los vecinos. Uno de ellos lo guarda, quizá lo saca en secreto y lo mira, vuelve a guardarlo y se va a la fábrica sintiendo algo que no comprende, una oscura reprobación. Sólo se calma cuando saca el tornillo y lo mira, se queda mirándolo hasta que oye pasos y tiene que guardarlo presuroso. Morelli pensaba que el tornillo debía ser otra cosa, un dios o algo así. Solución demasiado fácil. Quizá el error estuviera en aceptar que ese objeto era un tornillo por el hecho de que tenía la forma de un tornillo. Picasso toma un auto de juguete y lo convierte en el mentón de un cinocéfalo. A lo mejor el napolitano era un idiota pero también pudo ser el inventor de un mundo. Del tornillo a un ojo, de un ojo a una estrella... ¿Por qué entregarse a la Gran Costumbre? Se puede elegir la tura, la invención, es decir el tornillo o el auto de juguete.
Rayuela, LXXIII (extracto)

el ojo

Dijo el Ojo un día:
-Veo más allá de estos valles una montaña velada por la niebla azul. ¿Verdad qué es hermosa?
El Oído se puso a escuchar, y después de haber escuchado atentamente durante un tiempo, dijo:
-Pero, ¿dónde está la montaña? Yo no la oigo.
Entonces habló la Mano, y dijo:
-En vano trato de tocarla o palparla, no encuentro montaña alguna.
La Nariz dijo:
-No hay ninguna montaña. No puedo olerla.
Entonces el Ojo se volvió hacia el otro lado, y todos comenzaron a discutir la extraña alucinación del Ojo. Y decían:
-A este Ojo debe pasarle algo.
Gibrán Khalil Gibrán, El loco

13.10.04

brujería

Guardo toneladas de poesía explosiva junto a mi cama y una pistola cargada de miedo bajo mi almohada
Guardo palabras del infierno y del cielo, risas prohibidas y gritos tan fuertes que parecen silencios que hacen heridas, que hacen heridas

Guardo las fórmulas de un viejo adivino entre mis libros que no se pueden pronunciar en voz alta o estás perdido
Guardo las lenguas que consumen los hielos en mi cabeza y terremotos de oraciones que no se rezan

poesía... brujería
Robi Dräco Rosa

6.10.04

abuso de conciencia

Esta casa en que vivo se asemeja en todo a la mía: disposición de las habitaciones, olor del vestíbulo, muebles, luz oblicua por la mañana, atenuada a mediodía, solapada por la tarde; todo es igual, incluso los senderos y los árboles del jardín, y esa vieja puerta semiderruida y los adoquines del patio.

También las horas y los minutos del tiempo que pasa son semejantes a las horas y a los minutos de mi vida. En el momento en que giran a mi alrededor, me digo. “Parecen de veras. ¡Cómo se asemejan a las verdaderas horas que vivo en este momento!”

Por mi parte, si bien he suprimido en mi casa cualquier superficie de reflexión, cuando a pesar de todo el vidrio inevitable de una ventana se empeña en devolverme mi reflejo, veo en él a alguien que se me parece. ¡Sí, que se me parece mucho, lo reconozco!

¡Pero no se vaya a pretender que soy yo! ¡Vamos! Todo es falso aquí. Cuando me hayan devuelto mi casa y mi vida, entonces encontraré mi verdadero rostro.

Jeam Tardieu
Rayuela, CLII

mi amigo

Amigo mío, no soy lo que parezco. Mi apariencia no es más que el traje que visto, un traje cuidadosamente tejido que me protege a mí de tu curiosidad, y a ti de mi negligencia.
El Yo que hay en mí, amigo mío, habita en la casa del silencio, y en ella vivirá para siempre inadvertido, inaccesible.
No quisiera hacerte creer en lo que digo ni que confiaras en lo que hago, porque mis palabras no son sino tus propios pensamientos transformados en sonido; y mis acciones, tus propias esperanzas convertidas en acción.
Cuando tú dices: "el viento sopla hacia el este", yo digo: "sí, sopla hacia el este", porque no quisiera hacerte saber que mi mente no medita sobre el viento, sino sobre el mar. Tú no puedes comprender mis pensamientos marinos, ni yo quisiera hacértelos entender a ti. Preferiría estar solo con el mar.
Cuando es de día para ti, amigo mío, es de noche para mí; sin embargo, incluso así, hablo del mediodía que danza sobre la colina y de la sombra escarlata que se abre paso sigilosamente por el valle; porque tú no puedes oír los cantos de mi oscuridad ni ver mis alas golpear contra los astros. Yo no quisiera dejarte oír ni ver. Preferiría estar a solas con la noche.
Cuando tú asciendes a tu Cielo, yo desciendo a mi Infierno. Incluso entonces tú me llamas a través del infranqueable abismo: "compañero, mi camarada", y yo te respondo: "camarada, mi compañero", porque no quisiera que vieses mi Infierno. La llama quemaría tus ojos y el humo inflamaría tu nariz, y amo demasiado mi Infierno para que tú lo visites. Preferiría estar solo con el Infierno.
Tú amas la verdad, la belleza y la justicia; y yo por ti digo que es bueno y apropiado amar esas cosas. Pero en mi corazón me río de tu amor. Pero no me gustaría que vieras mi risa. Preferiría reírme solo.
Amigo mío, tú eres bueno, cauto y prudente; más aún, eres perfecto, y yo también hablo contigo sabia y cautelosamente. Y, sin embargo, estoy loco, pero encubro mi locura. Prefiero ser loco solo.
Amigo mío, tú no eres mi amigo, pero ¿cómo hacértelo comprender? Mi camino no es tu camino; sin embargo, caminamos juntos, con las manos unidas.
Gibrán Khalil Gibrán, El loco

5.10.04

la cucharada estrecha

Un fama descubrió que la virtud era un microbio redondo y lleno de patas. Instantáneamente dio a beber una gran cucharada de virtud a su suegra. El resultado fue horrible: esta señora renunció a sus comentarios mordaces, fundó un club para la protección de alpinistas extraviados y en menos de dos meses se condujo de manera tan ejemplar que los defectos de su hija, hasta entonces inadvertidos, pasaron a primer plano con gran sobresalto y estupefacción del fama. No le quedó más remedio que dar una cucharada de virtud a su mujer, la cual lo abandonó esa misma noche por encontrarlo grosero, insignificante, y en un todo diferente de los arquetipos morales que flotaban rutilando ante sus ojos.

El fama lo pensó largamente, y al final se tomó un frasco de virtud. Pero lo mismo sigue viviendo solo y triste. Cuando se cruza en la calle con su suegra o su mujer, ambos se saludan respetuosamente y desde lejos. No se atreven ni siquiera a hablarse, tanta es su respectiva perfección y el miedo que tienen de contaminarse.
Cortázar, Historias de cronopios y de famas

el dios del bien y el dios del mal

El Dios del bien y el Dios del mal se encontraron en la cumbre de una montaña.
El Dios del bien dijo:
-Buenos días, hermano.
El Dios del mal no respondió.
Y el Dios del bien añadió:
-Hoy estás de mal humor.
-Sí -replicó el Dios del mal-, porque últimamente me han confundido muchas veces contigo, llamándome por tu nombre, tratándome como si yo fuera tú, y eso no me agrada.
Y el Dios del bien dijo:
-Pero también a mí me han confundido contigo y me han llamado por tu nombre.
El Dios del mal se alejó, maldiciendo la estupidez humana.
Gibrán Khalil Gibrán, El loco

mi causa primera

beati pauperes spiritu

Cuando estaba yo en mi causa primera, no tenía a Dios; me quería a mí mismo y no quería nada más; era lo que quería, y quería lo que era, y estaba libre de Dios y de todas las cosas. Por eso suplicamos a Dios que nos libre de Dios, y que concibamos la verdad y gocemos eternamente de ella, allí donde los ángeles supremos, la mosca y el alma son semejantes, allí donde yo estaba y donde quería eso que era y era eso que quería.

Meister Eckhardt
Rayuela, LXX

d.e.s.e.o.

Quienes reprimen el deseo, lo hacen porque el suyo es lo bastante débil como para ser reprimido; hasta que el gobernador, o razón, le usurpa su lugar y gobierna a los tibios.

Y al ser reprimido, tórnase el deseo cada vez más pasivo, hasta quedar en tan sólo una sombra de sí mismo.
William Blake, The marriage of heaven and hell

1.10.04

tribulaciones

die vervirrungen des Zöglings Törless (las tribulaciones del estudiante Törless)

¿Cuáles son las cosas que me parecen extrañas? Las más triviales. Sobre todo, los objetos inanimados. ¿Qué es lo que me parece extraño en ellos? Algo que no conozco. ¡Pero es justamente eso! ¿De dónde diablos saco esa noción de “algo”? Siento que estaba ahí, que existe. Produce en mí un efecto, como si tratara de hablar. Me exaspero, como quien se esfuerza por leer en los labios torcidos de un paralítico, sin conseguirlo. Es como si tuviera un sentido adicional, uno más que los otros, pero que no se ha desarrollado del todo, un sentido que está ahí y se hace notar, pero que no funciona. Para mí el mundo está lleno de voces silenciosas. ¿Significa eso que soy un vidente, o que tengo alucinaciones?

Musil
Rayuela, CII

cómo se pasa al lado

Los descubrimientos importantes se hacen en las circunstancias y los lugares más insólitos. La manzana de Newton, mire si no es cosa de pasmarse. A mí me ocurrió que en mitad de una reunión de negocios pensé sin saber por qué en los gatos –que no tenían nada que ver con el orden del día- y descubrí bruscamente que los gatos son teléfonos. Así nomás, como siempre las cosas geniales.

Desde luego un descubrimiento parecido suscita una cierta sorpresa, puesto que nadie está habituado a que los teléfonos vayan y vengan y sobre todo que beban leche y adoren el pescado. Lleva su tiempo comprender que se trata de teléfonos especiales, como los walkie-talkies que no tienen cables, y además que también nosotros somos especiales en el sentido de que hasta ahora no habíamos comprendido que los gatos eran teléfonos y por lo tanto no se nos había ocurrido utilizarlos.

Dado que esta negligencia remonta a la más alta antigüedad, poco puede esperarse de las comunicaciones que logremos establecer a partir de mi descubrimiento, pues resulta evidente la falta de un código que nos permita comprender los mensajes, su procedencia y la índole de quienes nos los envían. No se trata, como ya se habrá advertido, de descolgar un tubo inexistente para discar un número que nada tiene que ver con nuestras cifras, y mucho menos comprender lo que desde el otro lado puedan estar diciéndonos con algún motivo igualmente confuso. Que el teléfono funciona, todo gato lo prueba con una honradez mal retribuida por parte de los abonados bípedos; nadie negará que su teléfono negro, blanco, barcino o angora llega a cada momento con un aire decidido, se detiene a los pies del abonado y produce un mensaje que nuestra literatura primaria y patética translitera estúpidamente en forma de miau y otros fonemas parecidos. Verbos sedosos, afelpados adjetivos, oraciones simples y compuestas pero siempre jabonosas y glicerinadas forman un discurso que en algunos casos se relaciona con el hambre, en cuya oportunidad el teléfono no es nada más que un gato, pero otras veces se expresa con absoluta prescindencia de su persona, lo que prueba que un gato es un teléfono.

Torpes y pretenciosos, hemos dejado pasar milenios sin responder a las llamadas, sin preguntarnos de dónde venían, quiénes estaban del otro lado de esa línea que una cola trémula se hartó de mostrarnos en cualquier casa del mundo. ¿De qué me sirve y nos sirve mi descubrimiento? Todo gato es un teléfono pero todo hombre es un pobre hombre. Vaya a saber lo que siguen diciéndonos, los caminos que nos muestran; por mi parte sólo he sido capaz de discar en mi teléfono ordinario el número de la universidad para la cual trabajo, y anunciar casi avergonzadamente mi descubrimiento. Parece inútil mencionar el silencio de tapioca congelada con que lo han recibido los sabios que contestan a ese tipo de llamadas.
Cortázar, Un tal Lucas