21.12.06

Cartas

Las personas casi nunca me han traicionado, pero las cartas siempre; y en verdad no las ajenas, sino justamente las mías. En mi caso es una desgracia muy especial, de la que no quiero seguir hablando, pero al mismo tiempo es también una desgracia general. La sencilla posibilidad de escribir cartas debe de haber provocado -desde un punto de vista meramente teórico- una terrible desintegración de almas en el mundo. Es en efecto una conversación con fantasmas (y para peor no sólo con el fantasma del destinatario, sino también con el del remitente) que se desarrolla entre líneas en la carta que uno escribe, o aun en una serie de cartas, donde cada una corrobora la otra y puede parecerse a ella como testigo. ¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas podían comunicarse mediante cartas? Se puede pensar en una persona distante, se puede aferrar a una persona cercana, todo lo demás queda más allá de las fuerzas humanas. Escribir cartas, sin embargo, significa desnudarse ante los fantasmas, que lo esperan ávidamente. Los besos por escrito no llegan a su destino, se los beben por el camino los fantasmas. Con este abundante alimento se multiplican, en efecto, enormemente. La humanidad lo percibe y lucha por evitarlo; y para eliminar en lo posible lo fantasmal entre las personas y lograr una comunicación natural, que es la paz de las almas, ha inventado el ferrocarril, el automóvil, el aeroplano, pero ya no sirven, son evidentemente descubrimientos hechos en el momento del desastre. El bando opuesto es tanto más calmo y poderoso, después que el correo inventó el telégrafo, el teléfono, la telegrafía sin hilos. Los fantasmas no se morirán de hambre, y nosotros en cambio pereceremos.
Franz Kafka, Carta a Milena

14.12.06

Ambigüedad

Al igual que la mayoría de la gente, supe que tengo ambiguos sentimientos de culpa ante los que son de una clase inferior, ambiguos sentimientos de envidia ante los que son de una clase superior, más la obligatoria decepción con respecto al Sistema en sí.
Martin Amis, El libro de Rachel

7.12.06

Inutilidad

Reseñar malos libros, señaló una vez Auden, es malo para el carácter. Al igual que todos los moralistas dotados, Auden idealizaba a pesar de sí mismo, y debería haber vivido la época presente, en la que los nuevos comisarios nos dicen que leer buenos libros es malo para el carácter, cosa que me parece cierta. Leer a los mejores escritores -pongamos a Homero, Dante, Shakespeare, Tolstói- no nos convertirá en mejores ciudadanos. El arte es absolutamente inútil, según el sublime Oscar Wilde, que tenía razón en todo. También nos dijo que toda mala poesía es sincera. Si yo tuviera el poder de hacerlo, daría orden de que esas palabras fueran grabadas a la entrada de todas las universidades, a fin de que todos los estudiantes pudieran ponderar el esplendor de dicha idea.
Harold Bloom, El canon occidental

30.11.06

Derrota

La gran derrota, en todo, es olvidar, y sobre todo lo que te ha matado, y diñarla sin comprender nunca hasta qué punto son hijoputas los hombres. Cuando estemos al borde del hoyo, no habrá que hacerse el listo, pero tampoco olvidar, habrá que contar todo sin cambiar una palabra, todas las cabronadas más increíbles que hayamos visto en los hombres y después hincar el pico y bajar. Es trabajo de sobra para toda una vida.
Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche

23.11.06

Tinieblas

No estoy aquí; he caído de nuevo en este hueco de la ausencia. ¡Cada vez la sensación de ausencia! Estoy como desintegrado: me parece que partes de mí mismo residen lejos de lo mío, en algún sitio desconocido y helado. Quedo mucho tiempo en tinieblas y empiezo a andar a tientas por todos los rincones del cubo, dominado por dos impulsos contradictorios: la esperanza y el terror de encontrar a alguien que también me busca.
Pablo Palacio, Vida del ahorcado

2.11.06

Retrete

En 1942 fui la estrella de uno de los dramas más asquerosos de todos los tiempos. Era marinero y fui al Café Imperial, en Scollay Square, Boston, a tomar un trago; me bebí sesenta cervezas y fui al retrete donde me abracé a la taza y me quedé dormido. Durante la noche por lo menos un centenar de marinos y de individuos diversos fueron al retrete y soltaron sus excrementos encima de mí hasta que me dejaron irreconocible. Pero, ¿qué importaba...? El anonimato en el mundo de los hombres es mejor que la fama en los cielos, porque, ¿qué es el cielo?, ¿qué es la tierra? Todo ilusión.
Jack Kerouac, En el camino

26.10.06

Ratonera

Los ratones no sospechan la trampa de la ratonera. ¿Caerían en ella si la sospecharan? Pero ni siquiera son conscientes cuando han caído en ella. Trepan dando chillidos por los barrotes; sacan su pronunciado hocico por entre un barrote y otro; dan vueltas sin parar, buscando la salida.

El hombre que recurre a la ley sabe, en cambio, que cae en una ratonera. El ratón se debate en ella. El hombre, que sabe, se queda en cambio parado. Físicamente parado, se entiende. Porque en su fuero interno, es decir, con su alma, hace también como el ratón, y aún peor.
Luigi Pirandello, La casa de Granella

19.10.06

Vivos

Todos estamos acostumbrados a morirnos cada cierto tiempo y tan poco a poco que la verdad es que cada día estamos más vivos. Infinitamente viejos e infinitamente vivos.
Roberto Bolaño, La pista de hielo

12.10.06

Voz alta

Quizá sea usted de los que jamás hablan solos. En voz alta, quiero decir. Tal vez piense que eso es cosa de locos. Personalmente, lo considero muy saludable. Hacerse compañía así: nadie te lleva la contraria, te desahogas a placer y te quitas de encima un montón de preocupaciones.
Truman Capote, Jardines ocultos

5.10.06

Persona

Cuanto más se ha considerado a Dios como una persona aparte, menos fidelidad se le ha guardado. Los hombres se aferran más a las imágenes de su pensamiento que a lo que tienen por más querido entre sus bienamados; por eso se sacrifican por el Estado, por la Iglesia y también por Dios, en cuanto que éste es su producto, su pesamiento y no se le toma de una manera muy personal. En este último caso, disputan casi siempre con él: el más piadoso de ellos no pudo menos que lanzar esta amarga frase: "¡Dios mío, por qué me has abandonado!"
Friedrich Nietzsche, Humano, demasiado humano

29.9.06

tirando el despertador

mi padre siempre decía, “acostarse temprano y
levantarse temprano hacen a un hombre saludable, rico
y sabio”.

las luces se apagaban a las 8 p.m. en nuestra casa
y nos levantábamos en la madrugada al olor del
café, tocino frito y huevos
revueltos.

mi padre siguió esta rutina general
toda su vida y murió joven, quebrado,
y, yo pienso, no muy
sabio.

tomando nota, rechacé su consejo y
se volvió, para mí, acostarme tarde y
levantarme tarde.

ahora, no estoy diciendo que he conquistado
el mundo pero he evitado
un sinfín de tempranos embotellamientos, eludido algunos
atascaderos comunes
y conocido alguna gente extraña,
maravillosa

uno de los cuales
fui
yo mismo – alguien que mi padre
nunca
conoció.
Charles Bukowski, The flash of lightning behind the mountain

*traducción libre

21.9.06

Aceptación

Eso que ella ya no se sentía con ánimo de hacer, prolongar cualquier cosa bella, sentirse vivir de veras en esa dilación deliciosa que alguna vez la había sostenido en el temblor del tiempo. «Curioso que vivir pueda volverse una pura aceptación», pensó mirando al perro que jadeaba en el suelo, «incluso esta aceptación de no aceptar nada, de irme casi antes de llegar, de matar todo lo que todavía no es capaz de matarme». Dejaba el cigarrillo entre los labios, sabiendo que terminaría por quemárselos y que tendría que arrancarlo y aplastarlo como lo había hecho con esos años en que había perdido todas las razones para llenar el presente con algo más que cigarrillos, la chequera cómoda y el auto servicial. «Perdido», repitió, «tan bonito tema de Duke Ellington y ni siquiera me lo acuerdo, dos veces perdido, muchacha, y también perdida la muchacha, a los cuarenta ya es solamente una manera de llorar dentro de una palabra».
Julio Cortázar, Fin de etapa

7.9.06

Cimitarra

Cuando el gran Gichi-Kuktai era mikado, condenó a la decapitación a Jijiji Ri, alto funcionario de la Corte. Poco después del momento señalado para la ceremonia, ¡cuál no sería la sorpresa de Su Majestad al ver que el hombre que debió morir diez minutos antes, se acercaba tranquilamente al trono!

-¡Mil setecientos dragones! –exclamó el enfurecido monarca-. ¿No te condené a presentarte en la plaza del mercado para que el verdugo público te cortara la cabeza a las tres? ¿Y no son ahora las tres y diez?

-Hijo de mil ilustres deidades –respondió el ministro condenado-, todo lo que dices es tan cierto, que en comparación la verdad es mentira. Pero los soleados y vivificantes deseos de Vuestra Majestad han sido pestilentemente descuidados. Con alegría corrí y coloqué mi cuerpo indigno en la plaza del mercado. Apareció el verdugo con su desnuda cimitarra, ostentosamente la floreó en el aire y luego, dándome un suave toquecito en el cuello, se marchó, apedreado por la plebe, de quien siempre he sido un favorito. Vengo a reclamar que caiga la justicia sobre su deshonorable y traicionera cabeza.

-¿A qué regimiento de verdugos pertenece ese miserable de negras entrañas?

-Al gallardo nueve mil ochocientos treinta y siete. Le conozco. Se llama Sakko-Samshi.

-Que le traigan ante mí –dijo el mikado a un ayudante, y media hora después el culpable estaba en su presencia.

-¡Oh, bastardo, hijo de un jorobado de tres patas sin pulgares! –rugió el soberano-. ¿Por qué has dado un suave toquecito al cuello que debiste tener el placer de cercenar?

-Señor de las Cigüeñas y de los Cerezos –respondió, inmutable el verdugo-, ordénale que se suene las narices con los dedos.

Lo ordenó el rey, Jijiji Ri se sujetó la nariz y resopló como un elefante. Todos esperaban ver cómo la cabeza cercenada saltaba con violencia, pero nada ocurrió. La ceremonia prosperó pacíficamente hasta su fin.

Todos los ojos se volvieron entonces al verdugo, quien se había puesto tan blanco como las nieves que coronan el Fujiyama. Le temblaron las piernas y respiraba con un jadeo de terror.

-¡Por mil leones de colas de bronce! –gritó-. ¡Soy un espadachín arruinado y deshonrado! ¡Golpee sin fuerza al villano, porque al florear la cimitarra le hice atravesar por accidente mi propio cuello! Padre de la Luna, renuncio a mi cargo.

Dicho esto, aferró su coleta, levantó su cabeza y avanzando hacia el trono la depositó humildemente a los pies del mikado.
Ambrose Bierce, El diccionario del diablo

31.8.06

Palabras

Estoy en el proceso de inventar un nuevo lenguaje. Un lenguaje que al fin dirá lo que tenemos que decir. Porque nuestras palabras ya no se corresponden con el mundo. Cuando las cosas estaban enteras nos sentíamos seguros de que nuestras palabras podían expresarlas. Pero poco a poco estas cosas se han partido, se han hecho pedazos, han caído en el caos. Y sin embargo nuestras palabras siguen siendo las mismas. No se han adaptado a la nueva realidad. De ahí que cada vez que intentamos hablar de lo que vemos, hablemos falsamente, distorsionando la cosa misma que tratamos de representar. Esto ha hecho que todo sea confusión by desorden. Pero las palabras, como usted comprende, son susceptibles de cambio. El problema es cómo demostrarlo. Por eso trabajo ahora con los medios más simples, tan simples que hasta un niño pueda comprender lo que digo. Considere una palabra que remite a una cosa: «paraguas», por ejemplo. Cuando digo la palabra «paraguas», usted ve el objeto en su mente. Ve una especie de bastón con radios metálicos plegables en la parte superior que forman una armadura para una tela impermeable, la cual, una vez abierta, le protegerá de la lluvia. Este último detalle es importante. Un paraguas no sólo es una cosa, es una cosa que cumple una función, en otras palabras, expresa la voluntad del hombre. Cuando uno se para a pensar en ello, todos los objetos son semejantes al paraguas, en el sentido de que cumplen una función. Ahora, mi pregunta es la siguiente: ¿qué sucede cuando una cosa ya no cumple su función? ¿Sigue siendo la misma cosa o se ha convertido en otra? Cuando arrancas la tela del paraguas, ¿el paraguas sigue siendo un paraguas? Abres los radios, te los pones sobre la cabeza, caminas bajo la lluvia, y te empapas. ¿Es posible continuar llamando a ese objeto un paraguas? En general, la gente lo hace. Como máximo, dirán que el paraguas está roto. Para mí eso es un serio error, la fuente de todos nuestros problemas. Puesto que ya no cumple su función, el paraguas ha dejado de ser un paraguas. Puede que se parezca a un paraguas, puede que haya sido un paraguas, pero ahora se ha convertido en otra cosa. La palabra, sin embargo, sigue siendo la misma. Por lo tanto, ya no puede expresar la cosa. Es imprecisa; es falsa; oculta aquello que debería revelar. Y si ni siquiera podemos nombrar un objeto corriente que tenemos entre las manos, ¿cómo podemos esperar hablar de las cosas que verdaderamente nos conciernen? A menos que podamos comenzar a incorporar la noción de cambio a las palabras que usamos, continuaremos estando perdidos.
Paul Auster, Ciudad de cristal

24.8.06

Puzzle

El objeto considerado -ya se trate de un acto de percepción, un aprendizaje, un sistema fisiológico o, en el caso que nos ocupa, un puzzle de madera- no es una suma de elementos que haya que aislar y analizar primero, sino un conjunto, es decir una forma, una estructura: el elemento no preexiste al conjunto, no es ni más inmediato ni más antiguo, no son los elementos los que determinan el conjunto, sino el conjunto el que determina los elementos: el conocimiento del todo y de sus leyes, del conjunto y su estructura, no se puede deducir del conocimiento separado de las partes que la componen.
Georges Perec, La vida instrucciones de uso

14.8.06

Secuencias causales

La verdad es que hay momentos en los que la omnipresente y lógica red de las secuencias causales se rinde, cogida por sorpresa por la vida, y baja al patio de butacas, mezclándose con el público, para dejar que en el escenario, bajo las luces de una libertad vertiginosa y repentina, una mano invisible pesque en el infinito regazo de lo posible y, entre millones de cosas, sólo permita que ocurra una.
Alessandro Baricco, Océano mar

31.7.06

Cuento para la hora de acostarse

Una noche, cuando [Takeshi] estaba tumbado en la cama viendo un episodio de La mujer biónica, la Ninja Jefa entró, bajó el volumen y se dispuso a contarle otro tipo de cuento para la hora de acostarse.

-¡Eh! La biónica estaba a punto de...

-Jaime Sommers comprenderá. Esto es importante, así que escucha. Ocurre en el Jardín del Edén. Entonces, hace mucho, no había hombres. El paraíso era femenino. Eva y su hermana, Lilith, estaban solas en el Jardín. Después colaron en la historia a un tipo llamado Adán, para que los hombres parecieran más legítimos, pero de hecho el primer hombre no fue Adán... fue la Serpiente.

-Me gusta esta historia -dijo Takeshi, acurrucándose sobre la almohada.

-Fue el hombre, sórdido y escurridizo -prosiguió Rochelle-, quien inventó el «bien» y el «mal», cuando hasta entonces las mujeres se habían conformado simplemente con ser. Entre otros timos, los hombres nos convencieron de que éramos administradoras naturales de ese asunto de la «moral» que acababan de inventar. Nos metieron a la fuerza en el desastre que habían hecho de la creación, toda subdividida y etiquetada, nos dieron las llaves de la iglesia y ellos se fueron a los salones de baile y los puticlubes.
Thomas Pynchon, Vineland

17.7.06

El placer

El placer sexual no sólo era superior, en refinamiento y en violencia, a todos los demás placeres que la vida podía deparar; no sólo era el único placer que no va acompañado de ningún daño para el organismo, sino que, por el contrario, contribuye a mantener su máximo nivel de fuerza y de vitalidad; en realidad era el único placer, el único objetivo de la existencia humana, y todos los demás placeres ya estuvieran asociados a la buena comida, al tabaco, al alcohol o a las drogas no eran sino compensaciones irrisorias y desesperadas, minisuicidios que no tenían el valor de presentarse con su nombre, intentos de destruir más deprisa un cuerpo que ya no tenía a su alcance el placer único.
Michel Houellebecq, La posibilidad de una isla

3.7.06

Trabajo

No, no me gusta el trabajo. Me gusta más haraganear y pensar en todas las cosas agradables que pueden hacerse. No me gusta el trabajo; a ningún hombre le gusta; pero sí me gusta lo que hay en el trabajo: la oportunidad de encontrarse a uno mismo. La propia realidad para uno mismo, no para los demás, que ningún otro hombre podrá jamás conocer. Los demás sólo pueden ver la mera apariencia, y nunca pueden asegurar qué significa realmente.
Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas